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¿Quién narigonea el patio político?

Por Miguel Ángel Cid Cid

Mentira. No es error mirar hacia atrás. Porque divisar la geopolítica modelando el tablero de su patio trasero requiere voltear hacia las dos entregas anteriores. Observar cómo se mueven, qué dicen y cuál percepción tienen sobre los partidos políticos.

En efecto, los dos artículos anteriores tratan sobre cómo se interrelacionan los partidos políticos dominicanos. Primero fue “La política se mueve, también habla”, y el segundo, “Los minoritarios serán los primeros”.

Parece que —por derivación— desde tiempos remotos se acostumbraron a servir a otros intereses. Como si le gustara andar de rodillas. Por ahí comienza el asunto.

Si. Comienza por el complejo de asumir que son inferiores ansiosos de ser superiores. El cacique los persigue.

Por esa debilidad los dominicanos se derriten cuando escuchan una orden en inglés. Olvidan el más mínimo e insignificante recurso que agilice negociar en mejores condiciones. Se entregan antes que los enamoren.

Donald Trump —en ese contexto— no regresó solo a la Casa Blanca, sino que llevó con él la vulgarización de la política.  El retorno arrasó con la discreción. No hay secretos.

Resulta de lo más normal —por ejemplo— que Trump declare que un fulano ecuatoriano, argentino, boliviano, etc., es presidente por la presión que él hizo. No. No importa el historial que arrastren. Él los impone.

—Tienen que ganar porque yo los apoyo, dice.

Los objetivos hegemónicos del imperio ahora parecen estar más visibles: perseguir petróleo, tierra rara, litio, oro… aparenta ser su propósito principal. Para conseguirlo necesita lacayos en cada país.

Parece que la táctica del ramplón del norte rinde buenos resultados. La ultraderecha es un boom en Latinoamérica. Los cipayos abundan en Argentina, en Chile, en Bolivia, en Perú, en Ecuador, etc.

Colombia es la adquisición más reciente y la más lúgubre. De la Espriella es una estrella que se opacó antes de empezar. El terremoto lo enterró vivo.

En República Dominicana el lacayo raya en sabueso, olfatea como perro faldero. Actúa sin que le den órdenes, sin importar cuanto daño haga al país. Hace lo que sea por la pura sospecha de que, con su acción agradaría al amo. Qué barato le sale.

El blanco de la Casa Blanca resplandece en Latinoamérica. Pero en República Dominicana parece que el blanco de la Casa Blanca es más blanco.

¿Recuerdan los acuerdos de inversiones cuantiosas de China en República Dominicana?

El Presidente dominicano a poco de jurar —año 2020— echó a un lado los contratos pactados con los chinos. A su pesar, EE. UU. Incluyó el país en una lista de países que sirven de transbordo de productos chinos. No escapó.

El gobierno dominicano lleva unas relaciones diplomáticas cada vez más dependiente de los Estados Unidos. El narigoneo es tan grosero que es imposible reclamar nada.

A los europeos les exige a gritos destinar un 5% del PIB —cada uno— para gastos de defensa. Financiar la OTAN. Entonces, qué pueden hacer los países Latinos. Obedecer.

En épocas pasadas, sin embargo, los gobiernos estadounidenses repartían instrucciones en el más estricto secreto. Trump hace todo lo contrario. A los gobernadores de las colonias no les deja recursos para poder justificar las decisiones como iniciativas propias.

Los partidos políticos —mayoritarios o minoritarios— su mayor esfuerzo lo hacen en demostrar que tienen apoyo de la embajada gringa. Antes de pactar una alianza con un partido hay que averiguar si cuentan con apoyo del imperio.

Por si no se han percatado, los líderes políticos anuncian con bombos y platillos cuando la embajadora Leah Francis Campos los invita. Que les repongan la visa estadounidense es una carta de triunfo.

Las guerras entre Irán, EE UU e Israel, el genocidio en Gaza o Palestina, no obstante, están pendiente de desenlace. La escalada entre Rusia, la OTAN y Ucrania todavía espera una ofensiva final.

Cuáles serán los efectos —todavía tímidos— en la economía y la política de Latino América.  Su influencia a nivel local está pendiente.

En suma, se entiende que los partidos chiquitos se plieguen —por sobrevivencia— a los grandes y a otros intereses. Sin embargo, es inaceptable que los mayoritarios sigan infectados por el “Complejo de Guacanagarix”.

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