Por Miguel Ángel Cid Cid
Los políticos dominicanos cogen con disimulo el tema de los minoritarios. Representan poquita cosa. Pero la política se mueve en construir un lenguaje para todos. Habla para los partidos mayoritarios y los minoritarios. También para los ciudadanos.
José Francisco Peña Gómez, líder de multitudes, comprendió con mejor precisión el papel de las agrupaciones políticas minoritarias. Las trató con el mismo respeto con que lo hacía para los mayoritarios. Él daba a cada organización el valor electoral real que tenían. Y cuidadito.
Los partidos minoritarios —que por ser minoritarios no califican como alternativos— cobraron valor agregado a partir de 1994 con el Pacto por la Democracia. Este consagró el sistema de doble vuelta electoral. Ése solo hecho los colocó en un sitial privilegiado.
Rol de los minoritarios
Cuanto más acerca la campaña para las elecciones generales de 2028, más clara se ve la segunda vuelta. El balotaje conviene a los minoritarios. Los votos obtenidos en primera vuelta les agregan valor. Los pone en el centro de la negociación. Pero ellos se niegan.
La tradición —de un tiempo a esta parte— empuja a las agrupaciones minoritarias a concurrir a las elecciones aliadas a uno de los grandes partidos. Frente a un sistema electoral excluyente el objetivo principal es sobrevivir.
Buscar alianza —debido a lo anterior— con el partido que ellos suponen va a ganar los lleva a olvidar lo más importante como ente político. Reducen la negociación a conseguir un diputado y uno que otro regidor. Con ese logro mantienen su legalidad como entidad política.
Pero esa es la trampa que ellos mismo se crean. Como tienen asegurado varios carguitos electivos la cantidad de votos en su favor ya no interesa. Ignoran que su importancia radica en los votos conquistados. No en los cargos negociados.
En caso de una eventual segunda vuelta el cúmulo de votos obtenidos en la primera podría convertirlos en imprescindibles. Los acuerdos de alianza deberían incluir una cláusula indicando que —en caso de balotaje— se rediscuten las condiciones iniciales. Pero toca a los minoritarios exigir ese requisito.
Los partidos mayoritarios, por derivación, necesitan a los minoritarios para lograr pasar en la primera vuelta. Por lo contrario —si hay balotaje— son indispensables para conseguir los votos que completen el porcentaje faltante para el triunfo.
Las alianzas, en consecuencia, deberían ser negociadas sobre la premisa de ganar, ganar. O sea, que los partidos chiquitos sean tratados con respeto. Que ninguna agrupación política busque el apoyo de otra a cambio de migajas.
Que se respete, por demás, la autonomía de cada organización pactante. Todo acuerdo aliancista debería abordarse sobre la base de aportar —sobre todo— a la fortaleza, la identidad y la autonomía de las agrupaciones convergentes.
Los grandes partidos están en el derecho de exigir cuotas en sufragios emitidos a los minoritarios. A los minoritarios, por el contrario, les conviene concentrarse en conseguir capacidades que garanticen su crecimiento.
Mientras sigan concentrados en la repartición de cargos electivos o ejecutivos. Cargos ofrecidos como limosnas, las alianzas solo rendirán beneficios a los grandes partidos.
Cuando los partidos chiquitos comprendan que cada voto vale. Que un millón de sufragios se alcanza sumando uno más uno. Que el buche de la gallina se llena grano a grano.
Entonces van a comprender que verse como primeros —en una alianza— empieza por ellos mismos. Precisar a los otros, ¿cómo su organización garantiza el triunfo?
Que nadie los minimice. Y cuando así lo hagan, los réditos se repartirán entre el universo de los aliados.
¿Por qué los partidos minoritarios nunca se arriesgan a correr solos en la primera vuelta y así empujar más la competencia en el balotaje? Entonces las condiciones favorables para negociar alianzas aumentaran de manera exponencial.





