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La negación a Mamá Tingó

-Hay muertos que van subiendo cuanto más su ataúd baja-

Manuel del Cabral)

Por Fidel Soto Castro
Un tal Jaime Rincón, apretujado en un rincón de insidia y negación histórica, se atrevió a afirmar que la muerte de Mamá Tingó fue consecuencia de una invasión de terrenos. Con semejante razonamiento pretende reducir la dimensión de una mujer que se convirtió en símbolo de la lucha campesina dominicana y cuya memoria pertenece a la historia de las reivindicaciones sociales de nuestro pueblo.

Emiliano Zapata, el revolucionario mexicano que hizo de la lucha por la tierra una bandera de dignidad campesina, proclamó una consigna que atravesó las fronteras de su país: «La tierra es para quien la trabaja». No era una frase para adornar discursos, sino una declaración de rebeldía contra los grandes terratenientes y contra un sistema que despojaba al campesino de aquello que constituía su sustento y su dignidad.

Cuando Quilapayún interpretó «A desalambrar», los campesinos de América hicieron suya, con emoción y esperanza, aquella noble canción que reclamaba el derecho a la tierra y denunciaba la injusticia de los cercados levantados para impedir que quienes la trabajan pudieran disfrutar de sus frutos.

Zapata, desde la Revolución mexicana; Quilapayún, desde la canción comprometida, y Mamá Tingó, desde los campos dominicanos, representan distintas expresiones de una misma reivindicación histórica: la lucha de los campesinos por la tierra, el trabajo y la dignidad.

Y si en los años sesenta Manolo Tavárez Justo se pronunció por la reforma agraria, colocando entre sus reivindicaciones fundamentales la tierra para quien la trabaja, no se puede desconocer la justeza de aquella prédica. Tampoco puede ignorarse que Juan Bosch, con la Constitución de 1963, incorporó principios de transformación social, reforma agraria y enfrentamiento al latifundio, reconociendo la necesidad de modificar las injustas relaciones de propiedad que pesaban sobre el campesinado dominicano.

En aquellos mismos años, la Línea Roja del 1J4 levantó las banderas de pan, tierra y libertad. En el Pino, La Vega, y otros escenarios de lucha, la reivindicación campesina encontró expresión en hombres y mujeres que enfrentaron una estructura agraria caracterizada por la concentración de la tierra, la desigualdad y el abandono.

Es precisamente en ese contexto donde debe comprenderse la lucha de Florinda Soriano Muñoz, Mamá Tingó. En Hato Viejo, Yamasá, defendió a numerosas familias campesinas que reclamaban el derecho a permanecer en las tierras que habían cultivado y de las que dependía su subsistencia. La controversia giraba alrededor de los títulos de propiedad que reclamaba el terrateniente Pablo Díaz Hernández y de la situación de las familias que llevaban años trabajando aquellos terrenos.

Jaime Rincón pretende reducir toda esa historia a una cuestión de títulos. Sostiene que Mamá Tingó y su familia no tenían documentos legales de propiedad y que ocupar y cultivar terrenos ajenos durante años no convierte a nadie en propietario. Incluso utiliza la declaración de utilidad pública de esos terrenos durante el gobierno de Joaquín Balaguer como argumento para desacreditar la lucha campesina.

Pero el problema histórico no se resuelve con una simplificación jurídica. Una cosa es discutir la titularidad registral de unos terrenos y otra muy distinta desconocer la realidad de las familias campesinas, sus años de trabajo, sus reclamaciones y las circunstancias sociales que dieron origen al conflicto. La discusión sobre la propiedad no puede servir de excusa para borrar la injusticia denunciada ni para despojar de dignidad a quienes lucharon por sus derechos.

Mamá Tingó no fue una figura fabricada por la propaganda. Fue una mujer campesina que enfrentó intereses poderosos y pagó con su vida su compromiso con aquella lucha. Su asesinato, el 3 de noviembre de 1974, la convirtió en mártir de las reivindicaciones agrarias dominicanas.

Su dimensión trascendió los campos de Yamasá. Johnny Ventura le dedicó un merengue, llevando su nombre y su memoria a la música popular dominicana. Cuando un artista de semejante arraigo nacional convierte en canción la memoria de una mujer campesina, expresa también el reconocimiento de un pueblo que no olvida a quienes defendieron sus causas.

Jaime Rincón podrá tener su interpretación de los títulos de propiedad, pero no puede pretender que una discusión registral sea suficiente para juzgar y condenar la historia de una mujer que se enfrentó a los poderosos en defensa de los campesinos.

Es una torpeza histórica confundir la defensa de la propiedad con la legitimación de cualquier despojo, y todavía mayor pretender que la ausencia de un título individual anule el derecho de un pueblo a reclamar justicia.

Mamá Tingó no necesita que Jaime Rincón le reconozca sus méritos. Está en la historia dominicana, en la memoria de los campesinos, en las luchas por la tierra y hasta en las notas del merengue que Johnny Ventura le dedicó.

Emiliano Zapata no luchó por la tierra para que décadas después se pretendiera reducir aquella reivindicación a un simple expediente de propiedad. Mamá Tingó tampoco entregó su vida para que su memoria terminara atrapada en una discusión de títulos.

Jaime se quedó en su rincón. Mamá Tingó, en cambio, permanece en la historia de la tierra que amó y por la que entregó su vida.

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