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El efecto Totoro: cuando la comunicación también educa en valores

Por Natyobi Mejía

San Cristóbal.- Hay personajes que entretienen durante unos minutos y otros que permanecen en la memoria durante generaciones. Totoro pertenece a esta segunda categoría. Su capacidad para despertar ternura, curiosidad y respeto por la naturaleza demuestra que la comunicación audiovisual puede trascender el entretenimiento y convertirse en una poderosa herramienta de formación humana.

El reconocimiento otorgado en 2024 a Studio Ghibli con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades constituye una oportunidad para reflexionar sobre el papel que desempeñan los medios de comunicación en la construcción de valores sociales. El jurado destacó la capacidad del estudio japonés para convertir la creatividad en conocimiento y comunicación, así como la universalidad de unas historias que promueven la empatía, la amistad, la tolerancia y el respeto por el medioambiente.

Más allá de la pantalla: el efecto Totoro

En Mi vecino Totoro, película dirigida por Hayao Miyazaki y estrenada en 1988, no encontramos una narración construida alrededor de grandes discursos moralizantes. La historia invita a descubrir el mundo desde la mirada infantil, a reconocer el valor de la familia, a desarrollar la imaginación y a convivir respetuosamente con la naturaleza.

Esa es, precisamente, una de las grandes lecciones comunicacionales de Studio Ghibli: los valores pueden transmitirse mediante las emociones, los símbolos, los personajes y las experiencias narrativas, sin necesidad de convertir cada escena en una lección explícita.

A este fenómeno podemos llamarlo el efecto Totoro: la capacidad de una obra audiovisual para generar identificación emocional y, a través de ella, contribuir a la construcción de actitudes, sensibilidades y referentes éticos.

No significa que una película, por sí sola, determine la conducta de un niño. La formación en valores es un proceso complejo en el que intervienen la familia, la escuela, la comunidad y el entorno cultural. Sin embargo, las historias que consumen los menores pueden aportar modelos de comportamiento, despertar preguntas y facilitar conversaciones importantes.

La responsabilidad social de comunicar para la infancia

Desde la perspectiva de la comunicación estratégica, el caso de Studio Ghibli obliga a superar una visión de los medios centrada exclusivamente en la audiencia, la rentabilidad y el entretenimiento.

Comunicar también implica seleccionar qué historias se cuentan, cómo se representan las personas, cuáles comportamientos se normalizan y qué visión del mundo se ofrece a quienes todavía están formando su criterio.

La televisión, la radio, el cine y las plataformas digitales tienen una responsabilidad especial cuando sus contenidos están dirigidos a niños. Esto supone producir mensajes apropiados para cada edad, promover la diversidad, evitar la normalización de la violencia y el acoso, estimular la creatividad y ofrecer referentes que contribuyan a la convivencia democrática.

La responsabilidad social de los medios no consiste en sustituir a los padres ni a los docentes. Consiste en comprender que su influencia cultural puede complementar la educación formal y familiar, especialmente cuando los contenidos se diseñan con intencionalidad pedagógica, calidad narrativa y conocimiento del desarrollo infantil.

En este sentido, la comunicación educativa no debe confundirse con una sucesión de programas escolares televisados. También se educa mediante una historia bien contada, un personaje que aprende a compartir, una niña que resuelve un problema, una comunidad que coopera o una aventura que enseña a cuidar el entorno.

¿Qué estamos ofreciendo a nuestra infancia?

La experiencia de Studio Ghibli también plantea una pregunta para la televisión dominicana: ¿qué lugar ocupa la formación en valores dentro de nuestra oferta audiovisual?

República Dominicana dispone de iniciativas de televisión educativa y de producción infantil, pero el desafío consiste en garantizar continuidad, visibilidad, diversidad y calidad, tanto en los medios públicos como en los privados. La existencia de programas aislados no equivale necesariamente a una política sostenida de contenidos infantiles.

España ofrece referencias institucionales que merecen atención, entre ellas el canal Clan de RTVE y la producción de formatos educativos en colaboración con el sistema público de enseñanza. Japón, por su parte, cuenta con una tradición de programación infantil y educativa a través de NHK E-Tele, con contenidos que combinan lenguaje, ciencia, creatividad, convivencia y aprendizaje cotidiano.

No se trata de copiar modelos extranjeros sin considerar nuestra realidad cultural y económica. Se trata de estudiar sus experiencias para construir una oferta dominicana que refleje nuestra identidad, nuestra historia, nuestros valores democráticos y las necesidades reales de nuestros niños.

Para ello, hacen falta alianzas entre comunicadores, educadores, productores audiovisuales, instituciones públicas, universidades y empresas. También se requieren indicadores que permitan evaluar no solamente cuántos niños ven un programa, sino qué aprenden, cómo lo valoran y qué oportunidades de desarrollo les ofrece.

Una inversión en ciudadanía

El reconocimiento internacional a Studio Ghibli recuerda que la calidad de una obra audiovisual no se mide únicamente por su recaudación o su alcance comercial. También puede medirse por su capacidad de trascender generaciones, conectar culturas y generar conversaciones sobre la condición humana.

En tiempos de consumo acelerado, sobreexposición a las pantallas y circulación constante de contenidos digitales, necesitamos recuperar la pregunta sobre el propósito de comunicar.

La infancia no debería recibir únicamente aquello que garantiza más reproducciones o mantiene a la audiencia frente a una pantalla. Merece contenidos que estimulen su imaginación, fortalezcan su autoestima, despierten su curiosidad y contribuyan a formar ciudadanos sensibles, críticos y solidarios.

Totoro nos recuerda que una comunicación capaz de emocionar también puede enseñar. Y que cuando los medios asumen conscientemente esa responsabilidad, dejan de ser simples distribuidores de entretenimiento para convertirse en aliados del desarrollo humano.

Educar también es comunicar. La pregunta es si estamos utilizando ese poder para construir la sociedad que queremos legar a las próximas generaciones.

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