Por Natyobi Mejía
San Cristóbal.- Hay momentos en los que la naturaleza nos obliga a detenernos. Un temblor que sacude nuestras casas, una inundación que arrastra pertenencias, un deslizamiento que sepulta caminos o un huracán que transforma comunidades enteras en escenarios de incertidumbre nos recuerda, de la manera más dolorosa, que no tenemos el control absoluto sobre nuestro entorno.
A veces decimos, de forma metafórica, que la Tierra está cansada de todo el daño que le hacemos y que por eso se mueve. La ciencia nos explica que los terremotos se producen, principalmente, por la liberación repentina de energía acumulada en las fallas geológicas. No son un castigo por nuestras acciones ni una respuesta consciente del planeta. Sin embargo, la imagen de una Tierra que parece sacudirse de nuestro descuido invita a reflexionar sobre una realidad que no deberíamos ignorar: mientras avanzamos como sociedad, seguimos construyendo vulnerabilidades que pueden convertir un fenómeno natural en una tragedia humana.
No podemos impedir que ocurran los terremotos. Tampoco podemos controlar todos los fenómenos que amenazan nuestras comunidades. Lo que sí podemos hacer es reducir los riesgos, prepararnos para responder y evitar que la falta de organización, conocimiento y solidaridad multiplique sus consecuencias.
Es precisamente en ese punto donde el voluntariado adquiere una dimensión que trasciende la ayuda ocasional. Se convierte en una pieza fundamental de la prevención, la preparación y la respuesta ante los desastres.
Cuando el desastre comienza antes de que ocurra
La prevención de riesgos no empieza cuando suenan las alarmas ni cuando las primeras imágenes de una emergencia aparecen en los medios de comunicación. Comienza mucho antes, en las comunidades que identifican sus amenazas, reconocen sus vulnerabilidades, organizan sus recursos y aprenden cómo actuar cuando llega el momento de hacerlo.
En ese trabajo, los voluntarios pueden desempeñar una función determinante.
Su participación en jornadas educativas, simulacros, identificación de zonas vulnerables, orientación a las familias y difusión de medidas de autoprotección contribuye a crear comunidades mejor preparadas. Una persona que conoce las rutas de evacuación, identifica los lugares seguros y sabe cómo comunicarse durante una emergencia tiene más herramientas para protegerse y ayudar a otros.
El voluntariado organizado también puede servir de enlace entre las instituciones responsables de la gestión de riesgos y las comunidades. Sus integrantes conocen, en muchos casos, las características del territorio, las necesidades de los vecinos y las dificultades que enfrentan las personas mayores, quienes viven con discapacidad o quienes carecen de recursos para responder por sus propios medios.
Ese conocimiento comunitario es valioso. Permite que la preparación no se limite a instrucciones generales, sino que considere las condiciones reales de las personas que deberán afrontar la emergencia.
Ahora bien, el compromiso por sí solo no basta. El voluntariado necesita capacitación, protocolos, equipos de protección, coordinación institucional y claridad sobre sus responsabilidades. La buena voluntad sin preparación puede poner en peligro tanto a quien intenta ayudar como a la persona que necesita asistencia.
Después del impacto: cada minuto importa
Cuando ocurre un desastre, las consecuencias no se miden únicamente por la magnitud del fenómeno. También importan la profundidad de un sismo, la distancia respecto de las zonas pobladas, la calidad de las edificaciones, las condiciones del terreno, la densidad de población y la capacidad de respuesta disponible.
Un terremoto puede causar daños estructurales, interrupción de servicios esenciales, pérdidas económicas, desplazamientos y lesiones. En los casos más graves, las personas pueden quedar atrapadas bajo los escombros y requerir operaciones especializadas de búsqueda y rescate.
En ese escenario, el voluntariado puede contribuir a salvar vidas de múltiples maneras: apoyando la organización de los albergues, facilitando la distribución de agua y alimentos, colaborando con los registros de personas afectadas, orientando a las familias, transmitiendo información verificada y acompañando a quienes han perdido sus hogares.
Los voluntarios que cuentan con formación específica también pueden integrarse, bajo los protocolos correspondientes, a determinadas labores de respuesta.
Es importante establecer una diferencia: no todas las personas voluntarias están preparadas para realizar rescates técnicos, ingresar en estructuras inestables o intervenir en zonas de alto riesgo. Esas tareas requieren personal especializado, entrenamiento, equipos adecuados y coordinación con las autoridades competentes.
Pero salvar una vida no siempre significa sacar a alguien de entre los escombros. Puede significar advertir a tiempo sobre un peligro, facilitar el acceso a un refugio, ayudar a localizar a una persona desaparecida mediante los canales oficiales o evitar que una comunidad tome decisiones basadas en rumores.
En una emergencia, la información también salva vidas.
Por eso, la comunicación del riesgo debe formar parte de la preparación ciudadana. Un voluntario que sabe escuchar, orientar y comunicar con responsabilidad puede contribuir a reducir el pánico, combatir la desinformación y facilitar que las personas actúen de manera más segura.
El mapa de los terremotos también es un mapa de nuestras responsabilidades
La actividad sísmica mundial nos recuerda que los terremotos no conocen fronteras políticas. Las regiones situadas en los límites de las placas tectónicas, como el cinturón de fuego del Pacífico, registran una importante actividad sísmica.
Sin embargo, vivir en una región con actividad sísmica no significa necesariamente que sus habitantes sufrirán las mismas consecuencias ante un terremoto. La preparación, las normas de construcción, la planificación territorial y la capacidad de respuesta pueden marcar diferencias importantes.
La República Dominicana, por su ubicación en el entorno de la interacción entre las placas del Caribe y Norteamérica, tampoco está exenta del riesgo sísmico.
Esta realidad exige que la prevención deje de considerarse una actividad reservada para las instituciones especializadas y se convierta en una responsabilidad compartida. Las familias, las escuelas, las empresas, las organizaciones comunitarias y las instituciones públicas tienen un papel que desempeñar.
El voluntariado representa una oportunidad para transformar esa responsabilidad en acciones concretas. Su presencia organizada puede fortalecer la cultura de prevención, ampliar el alcance de las campañas educativas y contribuir a que las comunidades no esperen a que ocurra una tragedia para comenzar a prepararse.
Voluntariado: una escuela para formar ciudadanía
Existe otra dimensión del voluntariado que merece tanta atención como su capacidad operativa durante una emergencia: su aporte a la formación de ciudadanos comprometidos con el bienestar colectivo.
Quien dedica parte de su tiempo a prepararse para proteger a otros desarrolla disciplina, responsabilidad, empatía, solidaridad y sentido del deber. Aprende que la seguridad individual está relacionada con la seguridad de los demás y que la convivencia también implica estar dispuesto a contribuir al bien común.
El voluntariado bien organizado enseña, además, que la solidaridad no consiste en actuar impulsivamente, sino en ayudar de manera responsable, respetando los procedimientos, reconociendo los propios límites y trabajando junto a otros.
Estos valores tienen una repercusión que va más allá de los momentos de crisis. Una ciudadanía formada en la cooperación puede participar de manera más activa en la identificación de problemas comunitarios, el cuidado de los espacios compartidos y la construcción de soluciones colectivas.
Por eso, fortalecer el voluntariado no debería ser una tarea que solo se recuerde durante las temporadas ciclónicas o después de un terremoto. Debe formar parte de una política permanente de educación, participación comunitaria y gestión integral del riesgo.
Las instituciones tienen la responsabilidad de crear condiciones para que esa participación sea segura, organizada y sostenible. Esto implica ofrecer formación continua, establecer mecanismos de coordinación, reconocer las competencias adquiridas y garantizar que los voluntarios no sean enviados a situaciones para las que no están preparados.
La solidaridad merece respeto, pero también necesita estructura.
La vida como compromiso colectivo
La Tierra continuará moviéndose por los procesos naturales que forman parte de su dinámica. No podemos negociar con las placas tectónicas ni exigirle al planeta que suspenda sus procesos geológicos. Lo que sí podemos cuestionar es nuestra capacidad para aprender de cada emergencia y convertir esa experiencia en preparación.
Cada desastre deja preguntas incómodas: ¿estábamos preparados?, ¿conocíamos nuestras vulnerabilidades?, ¿sabíamos cómo actuar?, ¿habíamos formado a nuestra gente?, ¿existían mecanismos de coordinación para responder?
Las respuestas a esas preguntas pueden representar la diferencia entre una comunidad expuesta y una comunidad preparada.
Fortalecer los valores del voluntariado es fortalecer la ciudadanía. Es comprender que la solidaridad, cuando se acompaña de conocimiento, disciplina, organización y compromiso, se convierte en una herramienta de protección colectiva.
No necesitamos esperar a que la tierra tiemble para descubrir el valor de quien está dispuesto a ayudar. Necesitamos formar hoy a las personas que mañana podrían orientar una evacuación, acompañar a una familia, colaborar en un albergue o contribuir, desde sus competencias, a una operación de emergencia.
Porque el voluntariado no puede impedir todos los desastres, pero sí puede ayudar a reducir sus consecuencias y a proteger a quienes se encuentran en mayor situación de vulnerabilidad.
Y cuando la emergencia llega, cuando la incertidumbre domina y cada minuto cuenta, una ciudadanía preparada y solidaria puede convertirse en una de las mayores fortalezas de una comunidad.
La Tierra se mueve. Nuestra responsabilidad es prepararnos, protegernos y aprender a salvar vidas juntos.





