Por Fidel Soto Castro
Una multa llevará su nombre. Quedará para siempre en el campo y en las gradas del fútbol americano. Y el nombre de Azeez Al-Shaair quedará unido al de una niña mártir de Gaza: Hind Rajab.
La NFL lo multó con 11,941 dólares por llevar escrito, sobre la pintura negra bajo sus ojos, el nombre de Hind Rajab, la niña palestina de cinco años asesinada en Gaza.
Pero la voz de Hind no puede multarse.
Su voz atraviesa las fronteras, los muros y los silencios. Se escucha por todo el planeta.
Miles de impactos de bala dejaron en un vehículo la huella de la atrocidad. Allí quedó escrita, sobre el metal, la tragedia de una niña y la dimensión de un crimen.
Once mil novecientos cuarenta y un dólares será el precio de una multa, pero nunca el precio de una vida. Podrían ser millones y jamás comprarían el silencio de quienes han decidido no callar.
Y entonces apareció otra voz desde las canchas: Kyrie Irving, estrella de la NBA, se ofreció a pagar la multa de Azeez. Dos jugadores de deportes distintos unidos por un nombre que la sanción no podrá borrar.
Hind Rajab, pequeña princesa palestina, angelito tierno de este tiempo.
Sacrificada entre las firmas de seis mil indolentes: hombres de rascacielos y yates lujosos, traficantes de armas.
Profanadores de la paz.
Sacerdotes de la guerra.
Vampiros Tomahawk.
Drones mortíferos.
Bombas de racimo.
Criminales de guerra.
Pero pase lo que pase y suceda lo que suceda, ni el terror, ni el abuso ni las multas lograrán borrar el nombre de Hind Rajab.
Porque hay nombres que no se pueden multar.
Hay voces que ninguna liga puede silenciar.
Y hay una mano que, aun después de la muerte, seguirá buscando otra mano para decirle al mundo que una niña no debe morir bajo las balas.
Azeez, sigue tomando de la mano a la niña Hind Rajab.





