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    El discurso de Luis Abinader vs. el discurso popular

    Por Felipe Lora Longo

    Pueblo dominicano, hermanas y hermanos:

    Hoy, 27 de febrero del 2026, como es tradición, el señor Luis Abinader,  rodeado de generales perfumados, empresarios satisfechos y diplomáticos extranjeros que sonrientes, se dirigirá al pueblo y celebrará el día de la Independencia

    La pregunta que debemos hacernos es: “¿Independencia de quién, para quién y para qué?”

    Duarte, Mella y Sánchez no entregaron su juventud, su salud y su libertad para que 182 años después, un presidente dominicano firmara acuerdos que permiten al ejército de los Estados Unidos ocupar nuestros aeropuertos y utilizar suelo dominicano para lanzar operaciones militares contra Venezuela, contra Colombia, contra Cuba — nuestros hermanos latinoamericanos.

    Eso no es soberanía. Eso es servilismo.

    Diferente a Duarte, que prefirió morir en el exilio antes de doblar la rodilla ante un poder extranjero, Abinader recibe al Secretario de Defensa de Estados Unidos con alfombra roja y se cuadra ante él como si fuera su comandante en jefe. Y luego subirá al Altar de la Patria a hablar de soberanía.

    Pero antes, les hablará a los inversionistas y a las corporaciones extranjeras y al pueblo dominicano.

    En su discurso, el señor Abinader  hablará directamente a los inversores extranjeros, a la embajada de los Estados Unidos, al FMI y al Banco Mundial,

    El presidente Abinader dirá que la economía crece. Lo que no dirá es que crece para los que siempre han crecido — los Pellerano, los Bonetti, los León Jiménez, los grupos económicos que controlan la banca, la agroindustria, los medios de comunicación, las importaciones y los bienes raíces — mientras el 70% de los trabajadores dominicanos no gana lo suficiente para cubrir la canasta básica.

    Dirá que redujo la pobreza. Lo que no dirá es que el salario promedio dominicano no alcanza para pagar la canasta familiar, que cuesta RD$46,251 al mes. Que hay familias que escogen entre comer y pagar la luz o el agua. Y que la luz o el agua tampoco llegan.

    Dirá que ha creado empleos. Lo que no dirá es que el empleo de calidad representa apenas el 12% del total. Que el resto son trabajos precarios, sin seguridad social, sin prestaciones, sin futuro. Empleos que no liberan — que encadenan de otra manera.

    Dirá que combate la corrupción. Lo que no dirá es que su gobierno ha contraído la deuda más grande en la historia de este país — más de 28,000 millones de dólares en menos de cinco años — más que todos los presidentes dominicanos de las últimas cuatro décadas combinados. Y que de esa deuda colosal, apenas el 6.8% del presupuesto se destina a obras de infraestructura. El resto — al pago de intereses a bancos de Wall Street, al clientelismo político, a sostener el aparato que lo mantiene en el poder.

    Dirá que atrae inversión extranjera. Lo que no dirá es que esa “inversión” tiene el nombre de 127 millones de hectáreas en concesiones mineras — más que la superficie total del país — entregadas a empresas canadienses y norteamericanas que se llevan el oro, la plata y el cobre, y dejan a las comunidades el arsénico, el cianuro y el mercurio en sus ríos.

    Dirá que moderniza al país. Lo que no dirá es que pasa leyes a todo vapor, con su Congreso títere, de madrugada, sin debate, sin consulta, sin pueblo — leyes que promueven desalojos masivos, que privatizan servicios públicos, que entregan el agua a corporaciones privadas, que desnudan al Estado de sus últimas responsabilidades hacia el ciudadano.

    ¿Y por qué el presidente no habla el mismo lenguaje que habla el pueblo?

    ¡Porque Abinader gobierna sin tomar en cuenta las necesidades de quienes lo eligieron y rehúsa escuchar lo que el pueblo dominicano lleva meses diciendo!

    El pueblo ha hablado centenas de veces: Habló en las calles de Santo Domingo el pasado 22 de febrero y en Santiago durante las huelgas regionales convocadas por la Coalición del Cibao, Habló con la caravana contra la explotación minera y contra la construcción  de una autopista en la Cordillera Septentrional. Se expresó claramente en San Francisco de Macorís, junto a los amenazados con desalojos forzados, en San Pedro, en Barahona, en Cotuí, en Elías Piña, y en Puerto Plata. El pueblo se ha expresado en todo el territorio nacional: en los barrios marginados, en las ciudades, en los municipios y en todas las provincias

    Han hablado los médicos que ven hospitales saqueados, los maestros que enseñan en escuelas sin pupitres, los estudiantes que estudian para emigrar porque no hay futuro digno aquí. También han hablado las mujeres que marchan contra un Estado que no las protege, los campesinos que ven sus tierras concesionadas sin consultarlos, y los ambientalistas que defienden la Cordillera Central de las destructoras corporaciones mineras.

    Y, mensualmente, hablan los casi 3 millones de dominicanos que han preferido irse antes que seguir esperando el cambio que nunca llega.

    Luis Abinader ha demostrado que no ha escuchado esas voces, y que, por lo tanto, no gobierna para ellos como lo demostrará la ausencia de la  estadística más honesta sobre el estado de la nación en su discurso.
    Señor Presidente,  cuando el pueblo huye de su propia tierra, algo fundamentalmente está mal.

    Y las remesas de esos dominicanos en el exterior — 11 mil millones de dólares en el 2024  — son el subsidio silencioso que sostiene a las familias que el Estado abandonó. La mayor red de seguridad social del país no la construyó ningún gobierno. La construyeron los dominicanos que cruzaron el mar con una maleta y el corazón partido.

    EL PATRÓN QUE NUNCA CAMBIA
    Hermanas y hermanos, lo que vive el pueblo dominicano hoy no es un accidente ni una mala racha. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado.

    Balaguer fue corrupto. Guzmán se suicidó con su álbum de vergüenzas. Jorge Blanco fue a la cárcel. Hipólito se manchó. Leonel llenó varios álbumes — el Metro, los Súper Tucanos, Punta Catalina, Sun Land. Danilo cubrió todos esos huecos con el doloroso paquetazo que le sacó el dinero del bolsillo al pueblo.

    Y Abinader prometió que esta vez era diferente.

    No era ni es diferente. Es el mismo sistema con cara nueva. La clase empresarial que controla la banca, los medios, la agroindustria y los bienes raíces no cambió. Los grupos de poder que financian las campañas y luego cobran con contratos, concesiones y leyes a su medida no cambiaron. La subordinación al capital transnacional y al poder imperial del norte no cambió.

    Lo que cambió fue el nombre del presidente.

    Bosch lo entendió y por eso lo derrocaron en siete meses. Caamaño lo entendió y por eso lo mataron. Todo aquel que ha intentado romper esa alianza entre la oligarquía local y el poder imperial ha pagado el precio. Porque ese sistema no admite reformas desde adentro,  se defiende con toda su ferocidad cuando se siente amenazado.

    LO QUE ESTE 27 DE FEBRERO DEBE SIGNIFICAR
    182 años después de Duarte, el pueblo dominicano tiene el derecho, y la obligación histórica, de exigir una independencia real. No la independencia de papel que se celebra con desfiles y discursos mientras los aeropuertos están ocupados por ejércitos extranjeros y el subsuelo está concesionado a empresas del norte y la gran mayoría de lo que consumimos es exportado.

    Una independencia real significa soberanía sobre el agua, sobre la tierra, sobre los recursos del subsuelo. Significa que las riquezas de este país,  el oro de la Cordillera, la plata de las montañas, la belleza de las costas, beneficien primero al pueblo dominicano y no a las corporaciones de Toronto, Nueva York y Madrid.

    Significa una Asamblea Constituyente convocada por y para el pueblo,  no por el Congreso que le pertenece a los mismos de siempre, que revolucione  el pacto social sobre bases de justicia, igualdad y soberanía real.

    Significa unidad de todas las fuerzas que luchan: los sindicatos y los ambientalistas, las mujeres y los estudiantes, los médicos y los maestros, los campesinos y los barrios populares. Porque el enemigo es uno solo aunque tenga muchas caras, y el pueblo es uno solo aunque todavía no lo sepa con claridad.

    Hermanas y hermanos,

    Hoy, cuando el señor Abinader termine su discurso y los aplausos llenen el Palacio Nacional, recuerden que esos aplausos no vienen de los barrios sin agua. No vienen de las familias con el refrigerador vacío. No vienen de las madres de las víctimas de feminicidio ni de las de los jóvenes que hacen fila en los consulados para irse. No vienen de las comunidades de Cotuí que respiran el polvo de la mina. No vienen de los que marchan cada semana porque no aguantan más.

    Esos aplausos vienen de los que siempre han aplaudido — porque siempre han ganado.

    El pueblo dominicano lleva 182 años esperando un Estado que lo ponga a él primero. Que ponga el agua antes que las ganancias de la corporación. La salud antes que el contrato con el amigo del ministro. La soberanía antes que la aprobación de la embajada.

    Ese Estado no llegará con el próximo discurso. No llegará con el próximo gobierno si es más de lo mismo. Llegará cuando el pueblo dominicano — organizado, unido y consciente de su historia — decida que ya fue suficiente.

    ¡Viva la República Dominicana libre y soberana!

    ¡Viva el pueblo que lucha!

    ¡Que vivan Duarte, Mella y Sánchez — y todos los que dieron su vida para que este país fuera de todos!

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