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Matan al ministro de Defensa de Malí en un ataque masivo de Al Qaeda

Bamako, Periodista digital.- Un coche bomba destruyó la residencia de Sadio Camara en Kati, una de las zonas más protegidas de Mali, el sábado por la mañana. El ministro de Defensa de la junta militar murió en el ataque. Más de 24 horas después, los enfrentamientos continuaban cerca de BamakoKidalGao y Sevaré.

El líder de la junta, Assimi Goïta, se encontraba a salvo en un lugar no revelado. La Unión Africana condenó los ataques y advirtió sobre el peligro para los civiles.

Camara era una figura central del régimen: el hombre que gestionó la expulsión de las tropas francesas y la llegada de los mercenarios rusos del grupo Wagner, hoy rebautizado como Africa Corps. Su muerte no es solo la pérdida de un ministro. Es un golpe a la arquitectura de seguridad que la junta había construido.

Y es la señal más clara hasta ahora de que esa arquitectura no está funcionando.

Quién ejecutó el ataque y por qué

La autoría apunta al JNIM, el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes, la franquicia de Al Qaeda en el Sahel, que opera en alianza táctica con las milicias tuaregs del Frente de Liberación de Azawad (FLA). El JNIM ha calificado el ataque como «uno de los más serios en años» contra la junta.

La coalición que ha ejecutado este golpe combina dos fuerzas que comparten un enemigo común, la junta de Bamako, aunque tienen objetivos distintos y una alianza que la historia sugiere que es frágil.

El JNIM: la franquicia de Al Qaeda que domina el Sahel

El JNIM fue fundado en 2017 mediante la fusión de varios grupos yihadistas preexistentes: Ansar Dine, liderado por el tuareg Iyad Ag GhalyAl Murabitoun, fundado por el argelino Mokhtar Belmokhtar; y varias katibas de AQMI, la filial norteafricana de Al Qaeda. La fusión fue diseñada desde la cúpula de Al Qaeda para crear una organización más cohesionada y con mayor capacidad operativa.

El resultado superó las expectativas de quienes alertaban sobre el peligro. El JNIM tiene hoy más de 6.000 combatientes activos, opera en MaliBurkina Faso y partes de Níger y fue responsable en 2024 de aproximadamente 10.400 muertes en la región. En ese año, el Sahel concentró más del 50% de todas las muertes por terrorismo en el mundo, superando por primera vez a Oriente Próximo en ese macabro ranking.

Su estrategia no es la del terrorismo espectacular de atentados en capitales occidentales. Es la del control territorial progresivo: presencia en zonas rurales que el estado ignora, provisión de seguridad y resolución de disputas locales a cambio de apoyo de la población, y expansión gradual hacia las ciudades secundarias. Es el modelo que las FARC aplicaron en Colombia durante décadas y que en el Sahel está produciendo resultados similares.

El liderazgo de Iyad Ag Ghaly es clave para entender la penetración del JNIM en el tejido social del norte de Mali. Como tuareg de alta cuna de la tribu Kel Adagh, tiene acceso a redes tribales y de parentesco que ningún árabe o fulaní podría replicar. Su trayectoria es la de un hombre que pasó del nacionalismo tuareg al islamismo radical cuando comprendió que el primero no le daba lo que quería. Fue negociador de rehenes, líder rebelde y finalmente emir de una organización terrorista reconocida por EE.UU. con una recompensa de cinco millones de dólares por su captura.

Los tuaregs: el pueblo que lleva un siglo esperando su estado

Para entender la alianza entre el JNIM y las milicias tuaregs es necesario entender quiénes son los tuaregs y por qué su resentimiento es tan profundo y tan duradero.

Los tuaregs son un pueblo bereber nómada y seminómada que habita el Sahara central y el Sahel desde hace más de tres mil años. Su territorio histórico, que llaman Azawad, abarca el norte de Mali, el sur de Argelia, el norte de Níger, el noreste de Burkina Faso y partes del sur de Libia. Fueron durante siglos los señores del desierto: sus caravanas controlaban las rutas que conectaban el Mediterráneo con el África subsahariana, transportando sal, oro, esclavos y bienes de lujo.

La colonización francesa los sometió por primera vez a una autoridad externa. Las fronteras que Francia trazó en Berlín en 1884 y que se consolidaron durante el siglo XX cortaron las rutas caravaneras y distribuyeron al pueblo tuareg entre cinco estados distintos sin consultarle. Cuando esos estados se independizaron en los años sesenta, los tuaregs quedaron como minoría en países donde el poder estaba concentrado en el sur, en manos de etnias diferentes, con capitales lejanas y administraciones que oscilaban entre la indiferencia y la represión activa.

La estructura social tuareg es compleja y estratificada. En la cumbre están los Imazhaghen, la nobleza guerrera. Debajo, los Imghad, pastores tributarios. Luego los artesanos Inadan y los esclavos liberados Iklan, muchos de los cuales siguen ligados a sus antiguos señores por vínculos de dependencia económica. Esta jerarquía ha sobrevivido a siglos de cambios y explica parcialmente por qué el liderazgo de figuras como Ag Ghaly, de familia noble, tiene una autoridad que trasciende la política convencional.

Las rebeliones tuaregs son cíclicas y tienen siempre la misma causa de fondo. En Mali: 1963, 1990, 2012. En Níger: 1990-1995, 2007-2009. Cada vez que un acuerdo de paz prometía autonomía e integración, los gobiernos de Bamako o Niamey incumplían sus compromisos. Los prometidos puestos en el ejército no llegaban. Las inversiones en el norte no se materializaban. Y el resentimiento volvía a acumularse hasta la siguiente explosión.

El colapso de Libia en 2011 cambió la ecuación de forma decisiva. Miles de tuaregs que habían servido en el ejército de Gadafi regresaron a Mali con armamento pesado: misiles antiáereos, artillería, vehículos blindados. Combinados con el arsenal que la AQMI había ido acumulando en el Sahara, el Movimiento Nacional para la Liberación de Azawad (MNLA) lanzó en enero de 2012 la ofensiva más exitosa de la historia del nacionalismo tuareg. En menos de tres meses controlaban el norte de Mali.

Lo que siguió fue la traición que los tuaregs laicos no han olvidado: los grupos yihadistas que habían sido sus aliados tácticos les arrebataron el territorio y establecieron un emirato islámico en Tombuctú y Gao que no tenía nada que ver con el estado secular laico que el MNLA quería construir. La intervención francesa de enero de 2013 expulsó a los yihadistas de las ciudades pero no resolvió la cuestión tuareg. El Acuerdo de Paz de Argel de 2015 prometió autonomía e integración. La junta que llegó al poder en 2020 declaró el acuerdo nulo y sin efecto.

Y así los tuaregs volvieron a las armas. Esta vez en alianza con el mismo tipo de grupos islamistas que en 2012 los traicionaron, pero con el enemigo común de la junta militar como adhesivo temporal.

Wagner/Africa Corps y el fracaso del modelo ruso

La junta maliense apostó por los mercenarios rusos como sustituto de las tropas francesas. La lógica era comprensible: Francia había fallado en nueve años de operaciones, generaba resentimiento anticolonial y ponía condiciones políticas a su ayuda. Rusia ofrecía seguridad sin condiciones, con precios pagaderos en concesiones mineras y forestales.

El resultado ha sido peor que el que Francia dejó. Africa Corps ha cometido masacres documentadas contra poblaciones civiles acusadas de colaborar con el JNIM, incluyendo la masacre de Moura en marzo de 2022 donde murieron entre 500 y 600 personas en cinco días. Esas masacres no han debilitado al JNIM: lo han fortalecido, porque el reclutamiento entre las comunidades que perdieron familiares en las matanzas rusas se ha disparado.

El JNIM continúa atacando convoyes, destruyendo puestos militares y expandiendo su control territorial. Y ahora ha matado al ministro de Defensa en el corazón del área más protegida del país.

Los escenarios que se abren

La muerte de Camara abre una crisis de liderazgo en la junta en el peor momento posible. Goïta tendrá que nombrar un sucesor en condiciones de máxima presión, con los combates activos cerca de la capital y con la moral de las fuerzas armadas severamente dañada.

El FLA tuareg afirma haber tomado el control de Kidal, la ciudad norteña que es el símbolo de la resistencia tuareg. Si ese control se consolida, el norte de Mali estaría efectivamente fuera del control del estado, lo que replicaría la situación de 2012 con la diferencia de que esta vez no hay ninguna potencia occidental dispuesta a intervenir.

La probabilidad de una intervención externa es baja. La Unión Africana no tiene capacidad militar real para desplegar en MaliFrancia fue expulsada. EE.UU. redujo su presencia en el Sahel tras los golpes de estado. Y Rusia está ocupada en Ucrania con sus recursos militares más capaces.

Si Mali colapsa como estado funcional, las consecuencias no se quedarán en el Sahel. La expansión del JNIM hacia los países del Golfo de Guinea se aceleraría. Los flujos migratorios hacia Europa aumentarían. Y las redes criminales que operan en las mismas rutas que los grupos yihadistas tendrían más espacio para operar.

El Sahel lleva ardiendo más de una década. La muerte del ministro de Defensa de Mali en su propia residencia, en la zona más protegida del país, es la señal de que el fuego está llegando al centro.

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