Por Fulgencio Severino
¿Por qué sube el petróleo mientras crecen los temores de recesión, depresión o estanflación y, al mismo tiempo, la bolsa de valores continúa en ascenso?
Esta aparente contradicción refleja una realidad profunda del sistema económico mundial: las crisis no afectan a todos por igual. Mientras los pueblos enfrentan inflación, desempleo y pérdida del poder adquisitivo, ciertos sectores económicos y grandes corporaciones multiplican sus beneficios.
La escalada del conflicto en Medio Oriente, marcada por la agresión militar de Estados Unidos e Israel contra Irán, ha generado una amenaza directa sobre el flujo global de petróleo, gas natural, urea, amoníaco, fósforo, aluminio, helio, azufre y otras materias primas estratégicas. Cuando estas rutas se alteran o se perciben en riesgo, los precios internacionales reaccionan de inmediato.
Los principales perdedores son los países del Golfo Pérsico, afectados por la inestabilidad regional y el daño a su infraestructura; pero también sufren con fuerza economías dependientes de importaciones, como República Dominicana, gran parte de Europa y numerosos países de Asia. Cuando sube el petróleo, no solo aumenta el precio de los combustibles: también suben los fertilizantes, el transporte, los alimentos y prácticamente toda la estructura de costos de una nación importadora.
Por el contrario, los grandes ganadores son países productores con capacidad de autoabastecimiento y exportación como Estados Unidos, Rusia, Canadá y Brasil. Sin embargo, incluso por encima de los Estados, quienes obtienen mayores beneficios son las corporaciones petroleras y financieras. Aunque la producción se reduzca en algunas regiones, la duplicación de los precios internacionales incrementa extraordinariamente sus ingresos.
Quienes pierden, sin importar el país, son los pueblos. Pierden los trabajadores, los agricultores, los pequeños productores y las familias. Los productores agrícolas deben pagar más por combustibles para tractores, transporte y fertilizantes; las familias enfrentan alimentos más caros y una reducción del consumo; y la economía entra en una espiral inflacionaria que termina golpeando el empleo.
En República Dominicana, el impacto puede ser aún más severo. Nuestra economía ha sido estructurada sobre una alta dependencia externa: turismo, zonas francas, importaciones para producción y consumo, remesas y combustibles. Más del 70% de los componentes esenciales de nuestro modelo económico dependen del exterior. Esto significa que cualquier crisis internacional se traduce rápidamente en presión sobre el empleo, el costo de vida y el endeudamiento público.
Es previsible una desaceleración de la actividad productiva, caída del empleo y mayor presión sobre la balanza comercial. Si el gobierno responde únicamente con más endeudamiento en dólares, el país quedará aún más vulnerable en el mediano plazo.
Surge entonces una pregunta importante: si la teoría económica sostiene que la incertidumbre afecta negativamente la economía, ¿por qué observamos simultáneamente aumento del petróleo y crecimiento en la bolsa de valores?
La respuesta está en que la bolsa no siempre refleja la salud de la economía real, sino las expectativas de ganancia de los grandes capitales. Cuando suben los precios del petróleo, de la industria militar o de sectores estratégicos vinculados a la guerra, los inversionistas anticipan mayores beneficios para esas corporaciones. Mientras la población se empobrece, los mercados financieros pueden seguir creciendo porque representan la concentración de riqueza, no el bienestar colectivo.
En este contexto, la crisis de Medio Oriente no puede analizarse únicamente como un conflicto geopolítico. También expresa una disputa por el control de recursos energéticos estratégicos, por la presión sobre economías emergentes como China y por la expansión de los beneficios de las industrias petrolera y armamentista.
China, sin embargo, muestra una capacidad mayor de resistencia debido a su diversificación energética, su red eléctrica robusta y sus reservas estratégicas de petróleo. Aunque produce mucho menos de lo que consume, su dependencia relativa es menor gracias a una planificación de largo plazo y una política de soberanía energética. Esa experiencia debería servir de referencia para República Dominicana dentro de una verdadera estrategia nacional de desarrollo.
Sin embargo, la captura del Estado por parte de élites económicas limita esa transformación. La ausencia de una política energética soberana expone al país a mayores niveles de inseguridad económica y social.
Estados Unidos ha demostrado, además, no ser un aliado confiable cuando sus intereses económicos están en juego. Europa hoy enfrenta esa realidad, y República Dominicana ya lo vivió durante la pandemia de COVID-19, cuando se retrasó el acceso a vacunas e insumos médicos esenciales.
Si esta guerra se prolonga, las consecuencias serán graves: inflación persistente, pérdida de empleos, escasez de combustibles, aumento del precio de los alimentos y mayor empobrecimiento de los pueblos. Mientras tanto, las multinacionales petroleras y la industria armamentista seguirán acumulando beneficios extraordinarios.
Preocupa también la pasividad del gobierno dominicano ante esta amenaza. No se observan medidas contundentes para el ahorro energético, la reducción del consumo de combustibles ni una estrategia seria para proteger la balanza comercial. La inacción hoy puede convertirse en una crisis fiscal mañana.
Mientras algunos sectores se enriquecen con el alza del petróleo y la especulación financiera, la mayoría de la población enfrenta más sacrificios. Esa es la verdadera contradicción del sistema: las crisis destruyen bienestar para muchos, pero generan fortunas para unos pocos.
Por eso, más que preguntarnos por qué sube el petróleo o por qué sube la bolsa, debemos preguntarnos quién paga realmente el costo de esta crisis. Y la respuesta, una vez más, es clara: los pueblos.


