Por Armando Pérez Martínez
Por su forma errante de actuar, me parece que el director general de la Policía Nacional no está en sus cabales.
En una institución jerárquica como esa, el liderazgo no debe confundirse con la exposición permanente del jefe ni con la necesidad de aparecer personalmente en cada escenario para demostrar cercanía con la ciudadanía.
Me ha resultado difícil comprender algunas de las recientes apariciones públicas del director geneal de la Policía Nacional, mayor general Andrés Modesto Cruz, particularmente aquella en la que se le muestra «encaramado» en un motoconcho, aparentemente para proyectar simpatía y cercanía a través de las redes sociales.
La cercanía con la ciudadanía es necesaria, pero no exige convertir al máximo responsable de la institución en protagonista de este tipo de escenas.
Él ocupa una posición de alta gerencia, dirección y mando. Su función es establecer políticas, impartir directrices, supervisar resultados y garantizar que los directores centrales, regionales y de áreas cumplan sus responsabilidades. Para eso existe la cadena de mando.
El verdadero liderazgo no consiste en estar en todas partes, sino en lograr que la institución funcione correctamente aun cuando el jefe no esté presente.
Por eso considero poco conveniente que el máximo jefe policial aparezca con frecuencia encabezando patrullajes u operativos que pueden ser conducidos por oficiales de los niveles correspondientes.
Además de exponerlo innecesariamente, puede terminar debilitando la estructura jerárquica.
Particularmente llamativa fue su presencia en Navarrete, durante una jornada de protestas y enfrentamientos.
En situaciones de esa naturaleza, la Policía necesita una conducción organizada y escalonada.
El director general no tiene que estar en primera línea para demostrar autoridad; puede ejercerla con mayor eficacia desde el centro de mando, coordinando a sus directores centrales, regionales y de áreas, evaluando la situación y tomando las decisiones estratégicas.
La Policía Nacional necesita un director general cercano, pero no protagonista; visible cuando sea necesario, pero no omnipresente; y capaz de confiar en la estructura de mando que dirige.
La autoridad de un jefe no aumenta porque aparezca en más fotografías ni porque participe personalmente en más operativos. Aumenta cuando sus subordinados saben qué hacer, tienen autoridad para hacerlo y responden por los resultados.
El director general no tiene que estar en todas partes. Tiene que lograr que la Policía funcione en todas partes.





