Por Midson Jean Batard
En el imaginario colectivo dominicano el haitiano ha sido encasillado durante demasiado tiempo en un marco reduccionista. Se le limita al rol del trabajador de la construcción, del obrero agrícola o del pequeño comerciante ambulante que recorre las calles de República Dominicana.
Para una gran parte de la sociedad vecina, la identidad haitiana queda reducida sistemáticamente a esta única lectura.
Esta imagen sesgada no es producto del azar, sino de una construcción de narrativa mantenida metódicamente por las élites dominicanas. Su objetivo es claro: perpetuar la idea de que los haitianos constituyen un pueblo de «bajo nivel».
Por un cegamiento histórico calculado, ningún intelectual de esa élite ha informado jamás a la nación dominicana que los haitianos llevaron la libertad a este país.
Olvidan deliberadamente las dos liberaciones de la esclavitud realizadas por Haití en la isla. Por el contrario, las realizaciones de nuestro pueblo son silenciadas, y nuestro patrimonio —desde el rara (gagá) y el vodú hasta nuestra gastronomía, son objeto de una banalización y un desprecio sistemáticos en el discurso dominante.
Sin embargo, las cosas están cambiando hoy bajo el impulso de una juventud dominico-haitiana orgullosa y plenamente consciente de su historia. Esta generación se impone con brillo en el deporte, a imagen de un Luisito Pie.
También destaca en la música, siguiendo los pasos de pioneros como Félix Cumbé o Michel «El Buenón», quienes han marcado profundamente la cultura dominicana, aun cuando a menudo se haya buscado presentarlos como dominicanos a secas para ocultar sus raíces.
Es precisamente en este clima de tensiones, justo cuando una ola de antihaitianismo cobra fuerza en el país, que una realidad se impone.
La colaboración artística entre el artista dominicano Bullin 47 y el artista haitiano Afriken asesta un golpe muy duro a las élites racistas dominicanas que se negaban a reconocer el éxito de la nación haitiana.
En el video del remix de «Leo, Leo» (o «Yo kase tèt DG a»), la cultura de ambas naciones se afirma lado a lado, en pie de igualdad.
La cerveza Presidente comparte pantalla con el ron Barbancourt, y empresas haitianas como Pariaj Pam se exhiben con orgullo. Más aún, el vestido carabela y la energía del rara se celebran como elementos fundamentales de la identidad haitiana.
Por primera vez, la isla Hispaniola está representada por sus dos pueblos en una colaboración que llena de orgullo a toda la isla y derrumba los discursos de división.





