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US$20 millones a Haití: ¿Una inversión estratégica para contener la “inestabilidad” entre vecinos?

Por Djovany Michel

Puerto Príncipe, Satélite509.- República Dominicana formalizó el viernes 1 de mayo de 2026 un monto de 20 millones de dólares a las Naciones Unidas para apoyar a la Fuerza de Supresión de Pandillas (FRG), que inició su despliegue en Haití.

Según el canciller dominicano, Roberto Álvarez, quien habló con el secretario general adjunto de la ONU, Atul Khare, el país fronterizo hará un aporte inmediato de 10 millones de dólares y una suma equivalente durante el año 2027.

La ironía diplomática acaba de alcanzar un nuevo hito a principios de mayo de 2026. Mientras camiones de la Dirección General de Migraciones de República Dominicana continúan arrojando a miles de retornados a la frontera, el gobierno de Luis Abinader acaba de formalizar un aporte de 20 millones de dólares a Naciones Unidas.

Este fondo, destinado a apoyar a la Fuerza de Represión de Pandillas (FRG) en Haití, plantea una pregunta fundamental: ¿podemos realmente pretender ayudar a estabilizar a un vecino mientras practicamos, al mismo tiempo, una política de expulsión masiva y discriminatoria?

El canciller Roberto Álvarez se reunió en Nueva York con el embajador Mike Waltz, representante permanente de EEUU ante la ONU, a quien entregó una carta personal del presidente Luis Abinader a Donald Trump, en la que ofrece entre otros temas el aporte de US$20 millones para el apoyo a la Fuerza de Supresión de Bandas (GSF) en Haití

El anuncio del canciller Roberto Álvarez se presenta como un gesto de solidaridad regional. Con 10 millones de dólares pagados de inmediato y una promesa equivalente para 2027, República Dominicana busca comprar una imagen como socio estable en la escena internacional.

Sin embargo, este financiamiento parece más una inversión estratégica para contener la “inestabilidad” entre vecinos que una verdadera efusión de fraternidad, sobre todo cuando sabemos que esos mismos millones podrían haber sido utilizados para regularizar o apoyar con dignidad a los trabajadores haitianos en suelo dominicano.

Un amargo fracaso de Haití

Además, mientras Santo Domingo firma controles en la ONU, las autoridades de Puerto Príncipe siguen brillando por su incapacidad para recuperar el control de la soberanía de seguridad del país.

Esta dependencia crónica de fuerzas multinacionales, hoy financiadas por el vecino fronterizo, es una admisión de un amargo fracaso.

En lugar de simplemente recibir ayuda extranjera que a menudo no se adapta bien al terreno, el Estado haitiano debería exigir primero una reestructuración profunda de sus propias instituciones represivas para dejar de depender de la caridad estratégica de otros.

Como recordatorio, según datos de la Dirección General de Migraciones (DGM), República Dominicana siguió una política de expulsión sin precedentes en 2025. (Se trató de un periódo) durante el cual 379.553 personas fueron repatriadas o expulsadas, un aumento masivo del 37,4% en comparación con 2024.

Así, las operaciones se intensificaron hasta llegar a entre 25.000 y 30.000 personas al mes, tras la promesa del presidente Abinader de deportar hasta 10.000 inmigrantes indocumentados por semana.

Violación, robo o asesinato

Es importante señalar que se han registrado varios casos de violación, robo o asesinato, entre ellos:

En julio de 2025, GARR condenó la violación en grupo de una migrante haitiana cometida por aproximadamente cinco miembros de las fuerzas del orden dominicanas cerca del Aeropuerto Internacional de Las Américas.

Además, durante las detenciones, muchos migrantes denuncian el robo de sus bienes personales (teléfonos, dinero, joyas) por parte de agentes de la Dirección General de Migraciones (DGM).

Asimismo, durante las operaciones de repatriación se observaron «asesinatos» y casos de uso «excesivo o desproporcionado» de la fuerza.

Las muertes ocurren regularmente cuando los migrantes intentan escapar de las redadas policiales en condiciones peligrosas (caídas, ahogamientos o accidentes de tráfico durante las persecuciones).

El núcleo del problema reside en la anemia de la Policía Nacional de Haití (PNH).

Es imperativo que los recursos, ya sean internos o provenientes de la cooperación, se destinen a la necesidad de equipar y capacitar mejor a los agentes del orden de Haití.

Sin armamento adecuado, medios de comunicación modernos y un entrenamiento táctico de alto nivel respetuoso con los derechos humanos, nuestros agentes de policía seguirán siendo simples espectadores frente a bandas o, peor aún, auxiliares de una fuerza internacional que no pretende quedarse.

Una fuerza policial local sólida y profesional es la única garantía de una estabilidad duradera.

Mientras los agentes haitianos no cuenten con la formación necesaria para realizar operaciones de inteligencia e intervención en entornos urbanos densos, el país permanecerá bajo la supervisión de misiones extranjeras financiadas por intereses externos.

La autonomía en materia de seguridad no es un lujo, es una condición sine qua non para poner fin al ciclo de deportaciones humillantes con el pretexto de una «crisis de seguridad».

Lamentablemente, la respuesta del gobierno haitiano sigue siendo irremediablemente superficial.

Acoger con satisfacción el despliegue de la RFA (Fuerza de Represión de Pandillas) y la financiación dominicana sin presentar un plan concreto para fortalecer las capacidades de la PNH es un error histórico.

Se trata de aceptar permanecer en una posición débil donde tu vecino elige las cartas para jugar.

Esta pasividad refuerza la idea de que nuestros líderes prefieren delegar la seguridad nacional en lugar de invertir en el capital humano y técnico de nuestras propias fuerzas de seguridad.

Una venda en una herida abierta

En última instancia, esos 20 millones de dólares son sólo una venda en una herida abierta.

Si Haití algún día quiere tratar como igual a la República Dominicana y poner fin al trato degradante a sus migrantes, debe volver a ser dueño de su seguridad.

Esto requiere una feroz voluntad política para transformar la aplicación de la ley en una institución de élite, capaz de proteger el territorio sin necesidad de que el vecino pague la factura para mantener la puerta cerrada.

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