Por Miguel Ángel Cid Cid
La imagen institucional pública va de mal en peor. Con el paso del tiempo el poder de representación como símbolo gráfico se confunde con el deseo de grandeza del gerente de turno. El logo es letra muerta.
Sin embargo, que se ignore el escudo de una institución representa un irrespeto a la propia institución. Que se modifique, cambie o sustituya la imagen de representación visual sin agotar el debido proceso lesiona el orden estatutario de la entidad.
O, acaso no sería escandaloso que el mandatario de turno decida utilizar un escudo diferente al que representa el país. Entonces, ¿por qué a los jefes de las demás instancias gubernamentales se les permite cambiar el escudo impunemente?
¿Qué es un logo?
Un logotipo —o logo a secas— se conoce como el símbolo visual o tipográfico que identifica a una institución pública u organización privada. O sea, representa la entidad de manera gráfica o visual. El objetivo primordial consiste en facilitar la identificación de los valores institucionales. Y que, en general, pueda ser de fácil reconocimiento por la sociedad.
Según la RAE el término logo “… proviene del griego logos (palabra) y typos (marca o golpe)”. Tanto en la publicidad como en la propaganda el logotipo constituye un recurso de atracción de elevado simbolismo para la comunicación.
Pero el logo como representación visual les importa un comino a los funcionarios públicos actuales. Así sean electos o designados.
El Ayuntamiento de Santiago de los Caballeros es el ejemplo más peripatético. Tan estrafalario es que hay varios logos utilizados de manera indistintas. En la tabla siguiente ilustro tres de ellos, el original y dos de los nuevos.
Confieso que el logo original no me gusta, Santiago no es una monarquía para representarlo con la imagen de una corona. Prefiero que el escudo sea el Monumento. Pero de seguir el derrotero imperante nadie sabrá cuál es el logo del ayuntamiento santiaguero válido ante la Ley.
Con los cargos de los funcionarios nombrados o electos acontece lo propio. Le cambian el nombre al cargo por otro más sonoro. Que se perciba más poderoso.
No. No se limitan a cambiar la insignia que identifica la institución que dirigen. Sustituyen también el nombre del cargo que ocupan. ¿Quieren comprobarlo? Pregunte a cualquier funcionario de un distrito municipal.
El encargado de un distrito municipal se llama “director de distrito”. Pero el que trata de gestionar un servicio municipal tiene que decirle “alcalde”. De lo contrario, corre el riesgo de que le hagan el caso el perro. Con los “vocales” pasa igual, se hacen llamar regidores.
Existen en todo el país, por derivación, cerca de mil funcionarios usurpando funciones: más de doscientos treinta directores y más de setecientos vocales.
Un segmento importante de los regidores municipales se avergüenza de ser regidores. Prefieren —en la mayoría de casos— que les llamen “concejales”. Pero no hay Ley dominicana que establezca la figura de “concejal”.
El secretario general de la Liga Municipal Dominicana se hace llamar presidente de la LMD porque secretario general suena a dirigente sindical. Ha de suponerse que de llegar a ser presidente de la República se hará llamar emperador.
Hace falta una reflexión sobre la importancia de la transformación de la LMD en la presente gestión. Esos aportes pesan muchísimo más que seguir con la ilusión de llamarse presidente sin ser presidente.
Que los gestores gubernamentales se enfoquen, por derivación, en promover el prestigio de la entidad pública que representan. Hacer conciencia que el prestigio evoluciona en confianza frente a los ciudadanos. Y que, esa confianza se traduce en liderazgo para los gestores públicos.
En suma, el jefe cambia de manera indefinida al través del tiempo. El logotipo, por el contrario, muta cuando los objetivos y valores institucionales son otros. Y el cambio depende de lo establecido en los reglamentos internos y en la Ley.



