InicioOpinionesEl comandante Guillermo: Entre la historia y la fábula

El comandante Guillermo: Entre la historia y la fábula

Por Fidel Soto Castro

Algunas personas están tomando unas supuestas revelaciones de Miguel Coco sobre su relación con Juan Bosch para tratar de desacreditarlo y justificar los fraudes electorales de Joaquín Balaguer. Estas supuestas confidencias coinciden, en su totalidad, con los tradicionales argumentos y falsedades de los golpistas del 63, del Frente Oligárquico y de la estructura del poder del balaguerismo. Es claro el interés y el propósito.

Esas declaraciones constituyen un arma predilecta para esos sectores porque se originan en una persona que fue cercana a Bosch en el pasado.

Entre esas afirmaciones hay una que presenta a Bosch como un hombre negado a ganar elecciones. Se llega a decir que perdió las de 1966 por miedo a hacer campaña y las de 1990 porque no quería ganarlas, según lo afirmado por Miguel Coco, quien admite, además, que celebró con vino el triunfo de Balaguer.

Pero resulta que, en declaraciones al periodista César Medina, lanzó una espectacular historia en la que describió un supuesto magnicidio contra Balaguer que él, desde su posición de comandante de un grupo, realizaría contra el mandatario en venganza por el asesinato del grupo de Amaury Germán el 12 de enero de 1972.

Para ubicar al lector, citamos un fragmento de la entrevista:

«…en cuanto Don Juan escuchó aquel plan macabro, se llevó ambas manos a la cabeza y no sólo le pidió, sino que le imploró y hasta le suplicó que desactivara aquello. […] La respuesta fue categórica en el sentido de que el plan no podía ser ya desactivado, pues los explosivos estaban colocados y sólo faltaban horas para su ejecución.»

(Ver la crónica del relato del comandante Guillermo, de César Medina, en el Listín Diario, de fecha 26 de abril de 2009).

Cuando leí la leyenda del comandante Guillermo, creí que se refería a Guillermo Rubirosa, ¡comandante de verdad! y jefe del grupo Los Trinitarios, quien dejó huellas de su accionar y terminó cayendo en 1978. Pero, al terminar la lectura del artículo de César Medina, caí en cuenta de que se trataba de la historieta de otro comandante del mismo nombre.

En los años duros del gobierno de Joaquín Balaguer no había espacio para medias tintas. El que estaba en la lucha revolucionaria lo sabía: cárcel, exilio, tortura o muerte eran parte del camino. No era discurso; era realidad. Ahí están los nombres que no admiten discusión: Amaury Germán Aristy, Francisco Alberto Caamaño y tantos otros, como Eleodoro Gómez Castillo (Vidal), Julián Parahoy (El Gago), ambos caídos en manos del servicio secreto de la Policía; Manuel Matos Moquete, Julio César Félix y algunos más que sobrevivieron a aquella vorágine. Ellos vivieron esa experiencia y desempeñaron después su papel en el terreno, en acciones concretas, en persecuciones reales y en hechos que dejaron huellas.

Ahí están también las acciones del 12 de enero, donde jóvenes quedaron cercados y resistieron durante horas, y la incursión guerrillera de Caracoles. En esos episodios no hay espacio para adornos: hay fuego, hay sangre, hay historia comprobada.

Por eso, cuando se coloca en ese mismo nivel la figura del llamado comandante Guillermo, la duda no es un capricho; es una necesidad.

Se le atribuyen responsabilidades mayores, incluso la conducción de un supuesto atentado contra el propio Joaquín Balaguer.

Y es precisamente ahí donde el relato intenta sostenerse en un elemento decisivo: la intervención de Juan Bosch. Se dice que el plan estaba listo, que su ejecución era inminente y que fue el propio Bosch quien, tras recibir una confidencia directa, logró detenerlo.

Pero aquí es donde el análisis debe detenerse con más cuidado.

Si el plan estaba realmente en su fase final, ¿cómo se explica el margen de tiempo entre la supuesta confidencia y su desmonte? Una operación de esa magnitud y de semejante nivel de riesgo no se suspende con tanta holgura si ya estaba montada.

Eso sugiere, más bien, que quizá no se encontraba en el punto que se afirma.

Y hay algo más. El relato coloca al comandante Guillermo como interlocutor directo de Juan Bosch en una decisión de semejante trascendencia. No como un mensajero, no como un cuadro intermedio, sino como figura central, depositaria de la decisión final.

Esa ubicación no es menor. Es una forma de elevar su estatura política e histórica. Pero entonces surge la pregunta inevitable: ¿corresponde ese nivel de interlocución con el peso real que esa figura tenía dentro de la estructura del movimiento?

En toda organización, y más aún en la lucha clandestina, las decisiones de ese calibre no descansan en un solo hombre aislado ni se canalizan sin mediaciones claras.

A esto se suma un hecho básico: no aparecen, hasta donde se conoce, otras fuentes que confirmen esa escena. Nadie más la documenta. Nadie más la corrobora. Y esto adquiere mayor importancia porque recientemente el Archivo General de la Nación publicó tres documentos importantes acerca del accionar de los Comandos de la Resistencia y en ninguno aparece siquiera un breve indicio del famoso atentado.

De los que todavía viven, tampoco se conoce a nadie que se haya referido públicamente al caso. Y cuando el comandante Guillermo da a conocer esta versión, Juan Bosch ya no podía hablar para confirmarla, negarla o explicarla.

Cuando un episodio de tanta gravedad —un supuesto atentado contra el jefe del Estado— depende de una sola voz y es relatado décadas después, la historia obliga a colocarlo, por lo menos, bajo el escrutinio de la duda razonable.

La cuestión aquí no es si Bosch pudo haber estado en contra de una acción de ese tipo —lo cual es perfectamente coherente con su pensamiento—, sino si realmente existió esa confidencia en los términos en que se cuenta y si el interlocutor tenía el papel que se le atribuye.

Hay una diferencia fundamental entre haber conversado sobre una posibilidad y haber detenido una operación que estaba lista para ejecutarse.

Esa diferencia es fundamental. Y cuando se cruza este elemento con los otros —la falta de huellas documentales conocidas, la limitada capacidad operativa que, según los hechos concretos disponibles, pudo demostrar esa estructura y la relación de amistad del comandante Guillermo, difícil de explicar, con una figura de tan alto nivel del poder y brazo derecho de Balaguer como el general Guaroa Liranzo—, la confidencia del comandante Guillermo a César Medina se hace todavía más difícil de sostener como un hecho histórico plenamente comprobado.

No se trata de negar que haya existido contacto con Juan Bosch. Se trata de cuestionar la dimensión que se le atribuye a ese contacto.

Tal vez hablaron de eso. Es posible que en los Comandos de la Resistencia estuviera planteada esa intención o que incluso se discutieran escenarios extremos. Pero eso no es lo mismo que haber estado al frente de una operación real, inminente y capaz de ejecutarse.

Y resulta extraño que una acción de esa envergadura se cuente con tal grado de convencimiento operativo cuando, tanto durante los acontecimientos del 12 de enero como a la llegada del coronel Caamaño, el comandante Guillermo no pudo lanzar un volante ni realizar un micromitin en respaldo de sus compañeros cercados y exterminados.

Con el tiempo, los relatos tienden a buscar anclajes en figuras mayores para ganar peso. Es una forma de legitimación. No es nueva ni exclusiva de este caso. Por eso, más que ante un hecho plenamente demostrado, lo que parece emerger es una narrativa que necesita de Juan Bosch para sostener su propia magnitud.

Ahí interviene la historia con sus métodos para descubrir la verdad: no para negar sin pruebas, pero tampoco para aceptar sin evidencias. Sobre todo cuando el principal testigo mencionado ya no está entre los vivos.

Aquí entra el concepto de la leyenda, de la traición y de la elevación del yo para convertirse en referente de verdades acomodadas cuyo fin termina siendo desacreditar a Juan Bosch.

La verdadera lealtad sobrevive a la muerte.

Algunos pregonan lealtades falsas y se convierten en arietes insensatos para justificar una posición contraria a aquella con la que alguna vez se alinearon. Es como los que se colocan debajo de un árbol robusto y lleno de frutos: reciben su sombra, degustan sus frutos y, cuando creen que el árbol ha muerto, se marchan hacia otros.

La leyenda del atentado no descalifica únicamente al comandante Guillermo en aquello que se considere falso o no demostrado; también debería llevar a cuestionar a quienes toman esa leyenda como instrumento para combatir a Bosch y justificar, por esa vía, a quienes durante décadas fueron responsables de su persecución política y de la distorsión de su obra.

En una época en la que tantos no tuvieron una segunda oportunidad para contar su historia, la verdad no puede construirse después como si fuera una novela. La historia exige documentos, testimonios contrastados y hechos que puedan sostenerse más allá de la memoria interesada de un solo protagonista. Porque cuando la leyenda pretende ocupar el lugar de la historia, no sólo se deforma el pasado: también se intenta utilizar ese pasado para fabricar una verdad conveniente en el presente.

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