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Dicen que en RD los niños haitianos saben qué es el miedo antes de aprender a escribir sus nombres

Por Melissa Hipólita

Puerto Príncipe, Lequotidien509.- Nos hemos convertido en hijos de un país al que el mundo mira con lástima, aunque nos gustaría que lo mirara con respeto.

Caminamos por tierras que no son nuestras. Trabajamos hasta agotarnos. Inclinamos la cabeza ante quienes nos miran como si nuestra piel ya estuviera contando nuestra historia, como si nuestro pasaporte fuera un error, como si nuestra lengua fuera una vergüenza.

En República Dominicana ¿cuántas madres duermen sin dormir? ¿Cuántos padres van a trabajar sin saber si volverán a casa por la noche? ¿Cuántos niños aprenden, incluso antes de aprender a escribir su nombre, qué es el miedo?

En Estados Unidos, miles de haitianos viven con una maleta invisible siempre lista junto a la puerta. TPS, cambios de políticas, discursos que señalan a los inmigrantes como problemas… Cada anuncio hace temblar a una familia. Toda decisión suspende vidas. Muchos sienten que están siendo juzgados incluso antes de hablar.

En Canadá, y en otros lugares, otros descubren que el exilio no siempre borra los prejuicios. Con demasiada frecuencia tienen que demostrar que simplemente merecen el lugar que ocupan.

Y aún así…

Seguimos enviando dinero a casa.

Seguimos llamando a nuestras madres todos los domingos.

Seguimos llorando cuando un ciclón golpea Jérémie, cuando una bala cruza Puerto Príncipe, cuando cierra una escuela, cuando muere un niño.

Porque el cable que nos conecta con Haití nunca ha sido cortado.

Está sangrando.

Haití…

No eres pobre.

Estás saqueado.

No estás maldito.

Estás abandonado.

No estás muerto.

Eres una herida que se niega a dejar de latir.

Hoy desafío a quienes nos gobiernan.

¿Has oído el silencio de los millones de haitianos repartidos por todo el planeta?

Este silencio no es paz.

Es una fatiga inmensa.

Cansancio de huir.

Cansado de ser humillado.

Un cansancio de seguir siendo extraños, incluso después de años de trabajo honesto.

No te pedimos promesas.

Te pedimos un país.

Un país donde una madre no tiene que elegir entre el hambre y la huida.

Un país donde un niño puede aprender sin oír armas.

Un país donde un joven puede soñar sin comprar un billete de exilio.

Porque el exilio no es un sueño.

El exilio es una cicatriz.

Nunca abandonamos nuestra tierra por placer.

Nos vamos porque la vida nos empuja.

Pero en lo profundo de cada haitiano queda una casa que sólo existe en la memoria.

Queremos reconstruirlo.

Me niego a creer que el destino de Haití sea exportar a sus niños.

Me niego a permitir que nuestra mayor riqueza se convierta en nuestra mayor hemorragia.

Me niego a que los barcos, los aviones y las fronteras sean los únicos caminos de nuestra juventud.

Me niego a rendirme.

Porque Haití dio al mundo una lección de libertad.

Los primeros negros que rompen sus cadenas no pueden aceptar vivir eternamente de rodillas.

Nuestra revolución no debe seguir siendo un capítulo en los libros de historia.

Debe volver a convertirse en una forma de respirar.

Entonces, líderes de Haití, miren a su gente.

No sólo el que se quedó.

Mira también al que deambula.

El que sobrevive.

El que esconde sus lágrimas detrás de una sonrisa cansada.

El que construye los países de otros mientras el suyo se derrumba piedra a piedra.

No dejes que la historia escriba que una generación entera se vio obligada a amar a su país desde lejos.

Danos una razón para volver a casa.

Danos una razón para creer.

Porque todavía estamos en pie.

Y mientras sólo quede un haitiano que diga «Me niego a rendirme», Haití nunca será derrotado.

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