Por Jennifer Surfin
Mientras el Consejo Electoral Provisional (CEP) intenta, como puede, mantener el rumbo del calendario electoral, la sociedad haitiana se enfrenta a un vértigo democrático sin precedentes.
Tras años de parálisis institucional, de aguda crisis de seguridad y de vacío constitucional, la organización de los próximos comicios se perfila como una encrucijada histórica.
En medio de este tumulto, una consigna sencilla se apodera del debate público: *»Fòk nou vote nouvo vizaj»* (Hay que votar por rostros nuevos). Pero tras esta promesa de ruptura se esconde una de las trampas más cínicas de nuestra historia política reciente.
Que no haya lugar a equívocos. Es cierto que estos supuestos «recién llegados» nunca han pisado la alfombra roja del Parlamento, ni ocupado escaños en el Palacio Legislativo. No han sido ni diputados ni senadores.
Sin embargo, su novedad se detiene a las puertas del poder legislativo. Una gran parte de ellos son antiguos directores generales, ministros efímeros o altos funcionarios de la administración pública, ampliamente cuestionados por su gestión opaca.
Son los arquitectos silenciosos del saqueo de nuestros escasos recursos nacionales; depredadores de traje y corbata, maestros en el arte de la corrupción sistémica.
Para estos candidatos, el Parlamento no representa un espacio de servicio, sino una lavandería republicana.
Al aspirar a un escaño en la Cámara Alta o en la Cámara Baja, su objetivo es cristalino: canjear el oprobio público por la inmunidad parlamentaria y transformar el estatus de cargo electo en un escudo de impunidad para eludir a la justicia y los informes del Tribunal Superior de Cuentas y de lo Contencioso Administrativo (CSCCA) o de la Unidad de Lucha contra la Corrupción (ULCC).
El papel de los jóvenes y las mujeres: El baluarte de la reconstrucción
Ante esta maniobra de reciclaje político, la pasividad equivale a complicidad.
Aquí es donde reside la responsabilidad histórica de dos fuerzas vivas fundamentales de nuestra nación: la juventud y las mujeres haitianas.
Los jóvenes, que constituyen la inmensa mayoría de nuestra población, ya no pueden limitarse al papel de simples agentes electorales, difusores de propaganda en las redes sociales o carne de cañón para políticos corruptos.
Deben imponer su propia agenda, exigiendo debates serios y confrontativos —participando en la Tribuna de Candidatos, uno de los espacios diseñados para el cara a cara con los aspirantes— y negándose a canjear su futuro por un proyecto efímero o por dinero sucio.
La juventud debe actuar como un filtro infranqueable para los corruptos, transformando su legítima indignación en un voto de castigo masivo e informado.
Las mujeres haitianas, que históricamente han sostenido la economía informal y la supervivencia de los hogares —como las valientes «Madan Sara»—, deben romper las barreras de la subrepresentación política.
Más allá de la cuota constitucional del 30 %, resulta indispensable su participación masiva, tanto como electoras como en calidad de candidatas íntegras.
Al ocupar el espacio político, las mujeres aportan una cultura de gestión centrada en las necesidades reales de la comunidad, el cuidado y la rendición de cuentas. Constituyen el baluarte más sólido frente al cinismo de quienes saquean el Estado, pues saben mejor que nadie lo que cuesta el colapso de los servicios públicos.
Elegir valores, no fachadas
Si queremos evitar que las futuras legislaturas se parezcan a las anteriores, el pueblo haitiano debe sustituir el espejismo de la novedad por criterios de evaluación de absoluto rigor:
El aval moral y financiero: Ningún candidato que haya gestionado fondos públicos debería solicitar nuestro voto sin presentar un informe de auditoría transparente o una resolución de descargo debidamente formalizada por la CSCCA.
La competencia y el proyecto legislativo: La labor legislativa exige un conocimiento profundo del aparato estatal. Debemos exigir a los candidatos propuestas concretas en materia de seguridad, educación y reactivación económica, y no simples eslóganes vacíos.
La ética y el compromiso comunitario: El liderazgo se mide por los servicios ya prestados a la comunidad, y no por el grosor de la billetera exhibida durante la campaña.
Haití ya no puede permitirse el lujo de la ingenuidad electoral. Sustituir a viejos veteranos de la política por tecnócratas corruptos no supone una renovación, sino una continuidad en la decadencia.
En última instancia, lo que está en juego en estas elecciones no es la frescura de los rostros que aparecerán en los muros de nuestras ciudades, sino la limpieza de las manos que… …llevarán las riendas de nuestro destino nacional.
Para que el país respire por fin, no votemos por rostros; votemos por la integridad.





