Por Fidel Soto Castro
No salió de una caverna real, sino de una caverna ficticia, construida artificialmente con micrófonos, cámaras y proyectores. Allí creció, tomó cuerpo y terminó convirtiéndose en un personaje de sí mismo. Se alimentó del ruido, de la estridencia y de una retórica desbordada, hasta llegar a creerse un dios poderoso e intocable.
Desde el retumbe y el taconeo de un espectáculo permanente, se desplaza por la euforia acrítica de ciertos sectores sumisos, atrapados en una especie de trance colectivo, entre sustancias alucinógenas, tambores ensordecedores y una permanente exaltación de lo absurdo.
La juca y el pachuché parecen trazarle el camino hacia una representación mordaz de la extravagancia. La violencia verbal, el lenguaje amenazante y la provocación llegan acompañados de expresiones insultantes y de un evidente desprecio hacia quienes están abajo, hacia aquellos que no poseen riquezas, poder ni micrófonos para defenderse.
Camina como un zombi acelerado, dando saltos e imitando, en una caricatura tropical, determinadas conductas de las pandillas neoyorquinas. Se mueve entre gesticulaciones, gritos y desafíos, como si la intimidación fuera una forma de liderazgo y la insolencia, una prueba de valentía.
Se autoproclama poderoso, alardea de riquezas y exhibe bienes mientras alrededor suyo permanece la miseria de quienes apenas pueden sobrevivir. Parece no comprender que la verdadera grandeza no consiste en mostrar lo que se posee, sino en la capacidad de respetar y dignificar a quienes tienen menos.
Alardea de valor y hombría. Se presenta como un hombre sin miedo y dispuesto a enfrentarlo todo, pero confunde con demasiada frecuencia la valentía con la agresividad, la autoridad con la intimidación y el liderazgo con el espectáculo. Le falta el respeto a todo el mundo y pretende convertir el insulto en argumento y la amenaza en razón.
Y detrás de él aparece su pandilla, una corte de admiradores que parece seguirlo con la devoción propia de quienes han renunciado al pensamiento crítico. Más que seguidores, parecen integrantes de una congregación fascinada por el ruido, la extravagancia y la personalidad del jefe.
Da pena que la patria de Pedro Henríquez Ureña y de Rafael Tomás Fernández Domínguez, dos dominicanos que representan, desde ámbitos diferentes, la inteligencia, la dignidad y el compromiso con el país, tenga que contemplar hoy la aparición de personajes que pretenden convertir la vulgaridad, la intimidación y el espectáculo en modelos de conducta pública.
Pero los pueblos no deben medir su grandeza por el estruendo de sus personajes más estridentes. Una sociedad puede producir trogloditas modernos, pero también tiene la capacidad de reconocerlos, desenmascararlos y colocarlos en el lugar que les corresponde. Porque cuando el ruido pretende sustituir a la razón, cuando el insulto pretende sustituir al argumento y cuando la ostentación pretende sustituir a la dignidad, lo que queda no es liderazgo: queda apenas una caverna, con micrófonos, luces y mucho ruido.





