Por Bartolo García Molina
No voy a discutir si el Dr. Fadul cura el autismo, el párkinson, el sida u otras enfermedades o condición. Cualquier aficionado a la ciencia y a la filosofía de la ciencia notaría de inmediato la ausencia de evidencias públicas del tratamiento aplicado: no hay artículos científicos revisados por pares que describan métodos, resultados ni protocolos; tampoco hay ponencias en congresos donde sus hallazgos hayan sido sometidos a escrutinio científico. Me abstendré, pues, de juzgar la eficacia de sus supuestos tratamientos. Mi interés aquí es otro: señalar la llamativa coincidencia entre la postura del Dr. Fadul y el sesgo conocido como efecto Dunning–Kruger.
El efecto Dunning–Kruger es un sesgo cognitivo en el que personas con habilidades o conocimientos limitados sobreestiman significativamente su competencia. Un rasgo central de ese sesgo es la carencia de pensamiento crítico y de metacognición: quienes lo padecen no reconocen sus propias deficiencias o limitaciones. Paradójicamente, esa falta de autocrítica suele traducirse en una confianza excesiva e inquebrantable en sus afirmaciones. Es lo que sucede, por ejemplo, con Donald Trump. Fue capaz de afirmar que el Covid 19 se curaba con cloro. Nunca reconoció que estaba equivocado.
Esa seguridad infundada, además, tiene un atractivo social potente. En situaciones complejas, como enfermedades crónicas o condiciones sin cura conocida, muchas personas buscan respuestas claras y esperanzadoras: la voz segura y categórica del pseudocientífico con propuestas de tratamientos milagrosos resulta seductora, aunque carezca de respaldo científico. Por eso no es de extrañar que tantas personas en redes sociales, podcast, televisión y radio, sin el más mínimo conocimiento de filosofía de la ciencia, del método científico o de epistemología estén apoyando tan delirantemente al Dr. Fadul. Tal vez haya cada vez más personas padeciendo del efecto Dunning-Kruger. Ese es el poder de seducción de la pseudociencia.
Algunos minimizan el problema argumentando que estas supuestas curas “no hacen daño a nadie”. Eso es un error grave. La pseudociencia no es una versión inofensiva de la ciencia. Es una impostora. Como advirtió Mario Bunge: “… no es basura que pueda ser reciclada con el fin de transformarla en algo últil, se trata de virus intelectuales que pueden atacar a cualquiera hasta el extremo de hacer enfermar toda una cultura y volverla contra la investigación científica”. En el caso que nos ocupa, el peligro está en intervenciones y tratamientos no probados científicamente, que pueden inducir a abandonar terapias efectivas, generar falsas esperanzas y normalizar prácticas pseudocientíficas.
Por todo ello, es importante exigir transparencia y escrutinio; publicar investigaciones y someterlas a la evaluación por pares; promover la alfabetización científica, incluida la comprensión del método científico y la importancia de la metacognición y el pensamiento; y que las autoridades del sector salud sean más responsables en la supervisión de las prácticas médicas


