Por Christian Nader
El Reino Unido fue el primer gran narcotraficante del sistema mundial moderno.
En el siglo XIX, China no era un país atrasado ni aislado. Era un mundo completo. Producía lo que consumía, comerciaba con Asia, tenía estructuras propias y no necesitaba integrarse al sistema económico europeo. No dependía de Occidente.
Ahí entra el Reino Unido, pionero del libre mercado armado. Llegó a las costas chinas con barcos de guerra y una exigencia simple: China debía abrirse, comprar productos británicos y someterse a las reglas del comercio occidental. Pekín respondió que no. No por soberbia, sino porque no lo necesitaba.
El imperio británico no aceptó la negativa. Si China no compraba voluntariamente, había que forzarla. El instrumento elegido fue el opio. Desde la India británica y otras colonias, Londres inundó China de droga.
El objetivo era claro: provocar adicción masiva, desestabilizar la sociedad y romper el equilibrio económico interno. El libre mercado entró a China en forma de narcotráfico.
Cuando el gobierno chino confiscó los cargamentos y arrojó el opio al mar, el Reino Unido reaccionó con furia. Alegó que China había violado el “derecho al comercio”. Para el imperio, vender droga era un derecho sagrado.
La reina Victoria, máxima autoridad del primer Estado narcotraficante de la historia, ignoró las protestas chinas y respondió con cañones.
Así comenzaron las Guerras del Opio. China fue bombardeada, derrotada y obligada a firmar tratados humillantes. Hong Kong fue robado en ese contexto. El mensaje era claro: «quien no se somete al mercado occidental será castigado».
La agresión no terminó ahí. A finales del siglo XIX, cuando la población china se rebeló contra décadas de saqueo y humillación —el levantamiento de los Bóxer—, Occidente respondió con una invasión multinacional.
Tropas británicas, francesas, estadounidenses, rusas y japonesas marcharon sobre Pekín, incendiaron la ciudad y saquearon el Palacio de Verano. El saqueo fue dirigido por un británico, heredero de una familia célebre por robar también los mármoles del Partenón.
El Reino Unido confirmaba su doble especialidad histórica: ladrón y narcotraficante.
Todo fue justificado con el mismo argumento: China no se abría al mundo, no respetaba el libre mercado, amenazaba el equilibrio global.
200 años después el discurso cambió
Doscientos años después, el discurso cambió de forma, pero no de fondo. China se abrió al mercado mundial. Se industrializó. Aprendió. Innovó. Hoy produce tecnología, transporte, energía, bienes complejos. Compite y gana.
Y ahora Occidente —especialmente Estados Unidos🇺🇸, heredero político y económico del imperio británico— ya no acusa a China de cerrarse, sino de haberse abierto demasiado.
El problema es evidente: Estados Unidos ya no tiene la capacidad industrial para competir. No produce lo que consume. Vive de la deuda, la especulación, el privilegio monetario y la sangre de los pueblos.
Frente a una China productiva, queda expuesto como lo que es: un gigante genocida cada vez más hueco.


