Por Wendy Osirus
La historia ofrece duras lecciones cuando las personas, ante profundas crisis, optan por designar chivos expiatorios fáciles en lugar de fortalecer sus instituciones.
Durante décadas, Haití ha sufrido las consecuencias de la fragilidad institucional, la corrupción estructural y la manipulación política del resentimiento histórico.
En diversas ocasiones, quienes ostentan el poder han desviado la atención señalando a enemigos externos —antiguos colonizadores, potencias extranjeras, pueblos vecinos— mientras el deterioro avanzaba en la educación, el medio ambiente, la salud y el tejido social.
La historia europea también demuestra los peligros de esta lógica. En la década de 1930, la crisis económica y política en Alemania fue manipulada mediante la construcción de un «enemigo interno», lo que condujo al auge del nazismo y al genocidio del pueblo judío. Esta tragedia no solo fue producto del odio, sino también del colapso de los controles y equilibrios institucionales y de una narrativa política que convirtió a una minoría en chivo expiatorio.
Hoy en día, la República Dominicana experimenta tensiones complejas: demandas sociales insatisfechas, desconfianza institucional, desigualdades persistentes y desafíos estructurales.
Las movilizaciones ciudadanas a favor del 4% del presupuesto asignado a la educación y los movimientos anticorrupción han expresado una legítima aspiración de cambio.
Sin embargo, existe el riesgo de que la crisis haitiana y la presencia de la comunidad haitiana en la República Dominicana se utilicen como válvula de escape política para desviar la atención de los problemas internos que requieren soluciones estructurales.
Nunca fortalece a una nación
La historia nos enseña que culpar a los más vulnerables nunca fortalece a una nación. Al contrario, erosiona el Estado de derecho, debilita la ética pública y socava la convivencia democrática.
La isla que compartimos —La Española— nos recuerda una realidad geográfica ineludible: estamos llamados a coexistir. Las tensiones no desaparecerán con la exclusión, sino mediante políticas públicas responsables, coordinación institucional y una visión estratégica a largo plazo.
Alemania y Francia, antaño enemigos en guerras devastadoras, transformaron su antagonismo en cooperación estratégica, convirtiéndose en pilares de la integración europea. Si lograron superar profundos conflictos históricos, ¿por qué no aspirar a una relación madura y constructiva entre Haití y la República Dominicana?
Ambos pueblos comparten importantes raíces africanas, herencia taína e influencias europeas. Compartimos ecosistemas, cuencas fluviales, mercados formales e informales, flujos migratorios y lazos culturales. La degradación ambiental en un lado de la frontera afecta al otro. Las epidemias no reconocen fronteras geopolíticas. La inseguridad tampoco.
Un nuevo paradigma de cooperación binacional
- Cuerpo Binacional de Coordinación Policial Fronteriza.
No se trata de diluir la soberanía, sino de crear una unidad técnica conjunta con protocolos claros, supervisión internacional y estrictos estándares de derechos humanos. Esta estructura podría:
Combatir la trata de personas y el crimen organizado.
Profesionalizar la gestión migratoria.
Establecer mecanismos de monitoreo independientes para garantizar el respeto de los derechos fundamentales.
- Equipo ambiental binacional
La isla enfrenta deforestación, erosión, contaminación fluvial y pérdida de biodiversidad. Un equipo técnico conjunto podría:
Proteger las cuencas hidrográficas compartidas.
Implementar programas coordinados de reforestación.
Crear un sistema de monitoreo ambiental a nivel insular.
Gestionar sosteniblemente los recursos hídricos.
El medio ambiente puede convertirse en una fuerza unificadora en lugar de una fuente de división.
- Mecanismo binacional de salud pública
Las crisis sanitarias requieren respuestas coordinadas. Un acuerdo estructural permitiría:
Intercambiar información epidemiológica.
Programas conjuntos de vacunación en zonas fronterizas.
Protocolos de asistencia humanitaria que cumplan con los estándares internacionales.
Cooperar con organizaciones multilaterales para obtener financiamiento y asistencia técnica.
Un llamado ético y generacional a la acción.
No podemos permitir que la retórica del miedo reemplace el debate racional.
Las imágenes de abuso, maltrato o discurso deshumanizante deben interpelarnos como sociedad. El respeto a los derechos humanos no debilita la soberanía, la legitima.
La verdadera lucha no es entre los trabajadores pobres y los pobres. Se dirige contra la corrupción, la impunidad y la debilidad institucional que afectan nuestros derechos.
Dos pueblos
Instituciones sólidas son el antídoto contra el populismo excluyente.
Propongamos una “marcha verde binacional” por la paz, la justicia, la protección del medio ambiente y la transparencia: un movimiento ciudadano que no busque dividir, sino elevar el nivel del debate público.
La coexistencia no es una opción romántica; es una realidad geográfica y política.
El futuro de las próximas generaciones dependerá de nuestra capacidad para construir instituciones sólidas, cooperar estratégicamente y rechazar la tentación de convertir a nuestro vecino en enemigo.
La historia ya nos ha mostrado las consecuencias de buscar chivos expiatorios. También nos ha demostrado que la reconciliación y la cooperación son posibles.
Es hora de elegir con responsabilidad.


