Midson Jean Batard
El gagá ya no es solo una deambulación festiva. Se ha convertido en el aparato respiratorio de una isla entera. De Leogane a San Pedro de Macorís, la geopolítica se desvanece ante la musicología.
Lo que antes se percibía como una expresión estrictamente local, se erige ahora como un patrimonio inmaterial compartido, desafiando las fronteras entre las repúblicas de Haití y República Dominicana para unificar la tierra de la Isla bajo una misma cadencia telúrica.
La historia del gagá en suelo dominicano es la de una resistencia orgánica. Importada por los trabajadores haitianos de los bateyes, esos enclaves azucareros donde el sudor se mezcla con la caña.
Esta tradición fue primero el desahogo de los explotados. En la rudeza de la labor, el sonido de la corneta y del tambor no era una simple distracción, sino una afirmación de identidad, una huella indeleble dejada por una mano de obra que se pretendía invisible.
Cada Semana Santa, ocurre un fenómeno de dualidad social: Mientras los fieles cristianos convergen en las iglesias para la misa, los amantes de la cultura se mantienen de pie para hacer vibrar la isla. Es un momento de equilibrio donde lo sagrado litúrgico convive con lo sagrado popular, moviendo las caderas al ritmo punzante del tambor y de la corneta.
Sofocar la «sonoridad del otro»
Paradójicamente, en su intento de erradicación institucional (del gagá) llevado a cabo por el Estado dominicano actuó como un catalizador. Al intentar sofocar esta «sonoridad del otro», las autoridades no hicieron más que subrayar su potencia de propagación.
El gaga terminó por romper las barreras del gueto azucarero para filtrarse en las estructuras mismas de la sociedad dominicana, demostrando que la cultura es un fluido que ninguna ley puede detener.
Hoy, al paso de la música de dominicanos y haitianos se vuelve uno, entregándose a melodías a menudo interpretadas no solo en lengua criolla, el signo de una ósmosis que supera las barreras lingüísticas.
El gagá ya no es una propiedad exclusiva. Es la banda sonora de una cohabitación histórica.
Al estructurar así este legado, pasamos de una lógica de confrontación a una lógica de comunión estética.
El gaga, por su capacidad de sobrevivir a la explotación y a la censura, se impone como el elemento central de una identidad insular reinventada. Es el testigo de que, a pesar de los tumultos de la historia, el arte sigue siendo el único lenguaje capaz de reconciliar a dos pueblos en una misma tierra, haciéndolos marchar al mismo paso, al ritmo de los ancestros.


