Por Nilson Tapia Suárez
Newark.- «Mi padre me abandonó cuando era solo un niño y lo conocí hasta mis 47 años.
Con seis hijos y una vida ya hecha, mi madre me dijo que era momento de conocer a mi padre biológico. Mi primera reacción fue pensar que no lo necesitaba, que ya estaba ‘completo’, pero la vida tiene formas extrañas de cerrar círculos.
Cuando finalmente nos sentamos frente a frente, entendí que no me correspondía a mí ser el juez ni el jurado de su pasado. Sé lo que pasó, entiendo que hubo errores, pero decidí no preguntar ni reclamar. Mi única misión ahora, mientras ambos estemos en este mundo, es simplemente amarlo y conocer al hombre que es hoy. No se trata de borrar la historia, sino de elegir no vivir encadenado a ella, permitiéndonos disfrutar de una comida y una buena charla sin el peso del ayer.
Al final la verdadera madurez es saber que puedes abrirle la puerta a alguien sin permitir que el pasado interrumpa tu paz. Estamos aprendiendo a ser familia a nuestro propio ritmo, asegurándonos de que este reencuentro no sea incomodo, sino un puente que nos permita honrar nuestras raíces sin descuidar nuestro presente.»


