Por Maribel Núñez
Santo Domingo, 10 de abril de 2026. Históricamente, las mujeres de las comunidades negras han desempeñado un papel fundamental en la sostenibilidad, la memoria y la educación de nuestros pueblos. Desde los primeros momentos posteriores a la abolición de la esclavitud en Haití, en Santo Domingo, en el Caribe y en otros puntos de Abya Yala (nombre que utilizan algunos movimientos sociales y pensadores originarios (o indígenas) americanos e intelectuales para referirse a América (todo el continente americano), fueron las mujeres quienes asumieron la tarea más urgente: cuidar, enseñar y levantar a niñas, niños y jóvenes que heredaron la “libertad jurídica”, pero no las condiciones materiales para ejercerla. El pálpito del racismo continuó. Han sido ellas quienes sostuvieron y sostienen la dignidad de un grupo étnico que la violencia colonial intentó despojar de humanidad al nombrarlas “negras” y someterlas. Esa herida estructural sigue marcando nuestras sociedades, y República Dominicana no es la excepción.
En la comunidad Los Mercedes, en Hacienda Estrella, esas marcas son palpables: pobreza persistente, caminos sin asfaltar, casas vulnerables, exclusión social, marginación étnica y ausencia estructural del Estado. Todo ello contrasta abiertamente con el “Considerando” número uno de la ley del Congreso Nacional que eleva a Hacienda Estrella a Distrito Municipal, donde se declara que “la finalidad principal del Estado es la protección efectiva de los derechos de la persona humana… en un orden de libertad individual y justicia social”. Nada más distante de la realidad. En Los Mercedes, comunidad mayoritariamente afrodominicana, no hay libertad material, no hay justicia social, no hay servicio de salud, no hay escuelas dignas, no hay calles asfaltadas, no hay tierras distribuidas equitativamente, sí muchas empalizadas en terrenos baldíos y el acceso al trabajo sigue siendo escaso. Muchas mujeres van a la capital a vender su fuerza de trabajo como domésticas.
En medio de ese abandono, hace más de quince años, la Maestra de la Danza Dominicana, la afrodominicana Marily Gallardo, tomó una decisión que transformó vidas: sembrar una escuela de danza con ritmos afro-dominicanos en esta comunidad históricamente marginada, destinada especialmente a las niñas afrodescendientes. Así nació la Escuela Kalalú, cuyos logros incluso han alcanzado escenarios internacionales. De esa siembra brotó otra escuela, fundada por una de sus discípulas más destacadas, la artista y docente Margarita Castillo, bajo el nombre “ASÍ ASOY – Arte y Cultura Cimarrona”.
La creación del Carnaval Cimarrón
Ambos espacios, junto a iniciativas culturales vecinas, presentaron el pasado domingo 29 de marzo el festival “Carnaval Cimarrón: Mi Familia Baila”, una manifestación profundamente arraigada en prácticas comunitarias y en la herencia afrodescendiente de la comunidad. Su preparación comenzó meses atrás con la búsqueda de frutos, semillas, fibras vegetales, raíces, telas, hojas, objetos reciclados y materiales hallados en patios, montes y riberas del río. Con ellos se elaboraron máscaras y disfraces, dando continuidad a la tradición cimarrona de crear con lo que la tierra provee.
Este carnaval honra la tradición danzaria de las familias afrodominicanas y presentó una apuesta profundamente afectiva: que las estudiantes bailaran junto a sus madres. Ese “yo bailo y mi familia también” activó un proceso de integración que terminó abrazando a hermanas, padres, tíos, tías, vecinas, vecinos y amistades, acompañados por música afrodescendiente, tambores, merengues de raíz y la obra de Enerolisa Núñez, Sonia Cabral, Xiomara Fortuna, Roldán Mármol, Diómedes Núñez, así como fusiones interesantísimas, entre otros…
En este festival cultural la pintura corporal ocupa un lugar significativo. No solo formó parte de los disfraces, sino que los rostros de muchas niñas, niños y adultas participantes fueron intervenidos con diseños que, al observarlos, evocaban prácticas tradicionales de diversos pueblos del continente africano. Remitían, por ejemplo, a las estéticas de los Nuba de Sudán y de las comunidades Surma de Etiopía, reconocidas por el uso simbólico y artístico de la pintura sobre el cuerpo.
A ello se sumó el uso de zancos, recurso también presente en culturas africanas como la Banna en Etiopía, reforzando una dimensión corporal y escénica que amplía el sentido del performance. En conjunto, estos elementos -pintura, zancos, máscaras y vestuarios- construyen un lenguaje visual que permite conectar lo que ocurre en el Carnaval de Los Mercedes con una memoria cultural más amplia, vinculada a las múltiples tradiciones de los pueblos que habitan los 54 países de “mamá África”.
El recorrido por la comunidad
Cerca de las dos de la tarde, las comparsas comenzaron a recorrer las calles, acompañadas por redoblantes ejecutados por niñas y la música vibrante de una “discolai”. A medida que avanzaban, más familias se unían al desfile rumbo al patio de la Escuela “Así Soy”, donde se realizarían las presentaciones.
Las comparsas: estética, creatividad y memoria
La primera comparsa en escena fue “Máscaras de Armonía en Zanco”, con grandes máscaras elaboradas con fibras vegetales, pintadas de manera magistral y enmarcando con misterio la mirada. La música evocaba el canto de la mujer selva, grillos, arrullos, susurros, fusionados con el “Gran Bwa” de la reina de la salve, inmensa Enerolisa Núñez. El público la ovacionó largamente.
La maestra de ceremonia, Belidia Adón, estudiante de la Escuela Kalalú de la primera cohorte, recordó que “cada comparsa merece su premio, que son los aplausos”.
Luego, niñas del Grupo 4 de “Así Soy” reflexionaron sobre lo que significa el carnaval para ellas: celebrar el monte, la naturaleza y la conexión con el territorio; aprender matemáticas, historia, geografía y técnicas artísticas; socializar, compartir y construir comunidad. Una de las niñas dijo: “durante la preparación contamos los tiempos, las pausas; a veces las personas adultas no saben contar y les enseñamos nosotras”. Otra resaltó que el carnaval fortalece la autonomía familiar y la resistencia cimarrona heredada.
A escena entró la comparsa “Las Reinas Africanas”, con figuras de poderosas lideresas y guerreras, representadas por niñas de seis a ocho años acompañadas por sus madres, todas con trajes africanos, coronas y rostros pintados.
También, el grupo 3 -de 9 y 10 años- de “Así soy” participó con la comparsa “La Negra de la Joya”, una versión de la legendaria tradición carnavalesca de la comunidad de Guerra, concebida originalmente como forma de escarmiento para niñas y niños que no se portaban bien. En escena, participantes lucían trajes elaborados con hojas y fibras de la mata de plátano y caretas hechas de higüero, adornadas con toques de algodón en flor y pintura. Su presentación enriqueció el carnaval al recuperar una práctica tradicional ampliamente extendida en el país: la de participar en estas festividades creando disfraces a partir de los recursos disponibles en el entorno, reafirmando así la creatividad popular y el vínculo directo con la naturaleza.
Otra propuesta de gran creatividad, incluso con un matiz poético, fue la presentada por la comparsa “Máscaras Cara e’ Pote”, que construyó una impactante fantasía escénica a partir de materiales reciclados, especialmente potes plásticos convertidos en máscaras de colores vibrantes, con formas puntiagudas y detalles colgantes que transformaban los rostros en figuras casi míticas, mientras los vestuarios combinaban faldas elaboradas con extensiones de cabello sintético en diversos tonos que aportaron movimiento y fuerza visual; los cuerpos, adornados con piezas artesanales, reforzaban una estética que fusionó lo contemporáneo con lo simbólico.
Le siguió la comparsa “Las Abejitas de Coco”, una de las más creativas, con vestuarios elaborados íntegramente a partir de fibras de coco -faldas, blusas, máscaras y accesorios-; sus máscaras, intervenidas con colores vivos y formas que evocaban alas y antenas, junto a la textura rústica y orgánica del conjunto, crearon una imagen potente y coherente que conectaba con la naturaleza, provocando la admiración y los aplausos del público.
También se presentaron Los Guloyitas, orgullo de San Pedro de Macorís y herederos de un patrimonio cultural de la humanidad. Para muchos habitantes de Los Mercedes era la primera vez que veían de cerca esta viva tradición danzaria afrodescendiente y centenaria; su presentación fue tan colorida como magistral y símbolo del necesario relevo generacional.
La comunidad de Mata Los Indios de la pluricultural Villa Mella, también reconocida por la UNESCO, presentó su comparsa “Herencia Viva de Mata Los Indios”. Tras un pequeño traspié inicial -abrir con Celia Cruz y salsa- recuperaron el pulso de su danza con las justas rítmicas de Enerolisa Núñez, Roldán Mármol, Kinito Méndez, Sonia Cabral y melodías populares resignificadas. Una voz en off recordó: “somos un abanico de cultura y etnias”.
Marcando la integración, el sostén familiar y comunitario, la comparsa “Madres en Movimiento” demostró que la familia sí baila, tejiendo vínculos de cuidado y resistencia desde la escena. En esa misma sintonía, la comparsa “Madres e Hijas” reafirmó esa armonía intergeneracional, donde madres e hijas comparten no solo el baile, sino también la memoria y la identidad.
Acercándose al cierre, el mix de “Así Soy” mostró trajes de lentejuelas, máscaras y una ejecución dancística de nivel profesional. Esta comparsa encarnó la alegría, el esfuerzo, la unión y la integración familiar: bailaron juntas al ritmo del carnaval de la reina de la fusión, Xiomara Fortuna. Uno de los logros más hermosos del carnaval fue precisamente ese: la danza como espacio de unión afectiva y orgullo comunitario.
Se sumaron personajes venidos desde Santo Domingo, como la comparsa “Fantasía Extrema de Capotillo”, con un espectáculo inspirado en el Antiguo Egipto, que impactó por su presencia escénica y maestría en la danza.
Uno de los momentos más intensos fue la aparición de los Tiznaos de Hacienda Estrella, personajes legendarios que se cubren el cuerpo con aceite quemado. Su presentación incluyó la técnica tradicional de lanzar desde la boca un líquido inflamable hacia una antorcha encendida, provocando asombro en el público. La música con la que actuaron fue una fusión electrónica de gagá, y su danza, cargada de fuerza ancestral, creó un ambiente vibrante, casi ritual. Usaron un fuete que abría camino, el fuego, histórico aliado de los cimarrones y cimarronas, también los abrió.
Desde el patio, desde la monumental tarima, con un público contento, y ya al final, Margarita Castillo agradeció a todas las comparsas, colaboradores, madres, vecinas, vecinos y al equipo completo de “Así Soy”, dedicando un agradecimiento especial a la profesora Marily Gallardo: “Por ella nosotras podemos decir que aprendimos carnaval y pudimos hacer todo lo que se presentó”.


