Por Wendy Osirus
Haití no fue destruido únicamente por invasiones, sanciones o catástrofes naturales. Haití fue lentamente erosionado desde el interior, a través de una educación sin proyecto emancipador, una religiosidad sin conciencia crítica y un imaginario cultural que enseñó a confundir la astucia con la virtud y la bondad con la estupidez.
Los personajes de Bouki y Ti Malice, heredados de la tradición oral africana y resignificados en el Caribe, se convirtieron en una escuela moral paralela. No una escuela de liberación, sino de supervivencia deformada. Bouki, figura del trabajador leal, fuerte y solidario, terminó siendo ridiculizado como sinónimo de ignorancia. Ti Malice, manipulador profesional, símbolo del engaño y la explotación del otro, fue consagrado como el “inteligente”, el que sabe vivir.
Este desplazamiento moral no es inocente. Educar a un pueblo para reírse del honesto y admirar al tramposo es una forma eficaz de destruir el tejido social sin disparar una sola bala.
Después de la independencia, Haití no construyó una educación orientada a la ciudadanía crítica ni a la responsabilidad colectiva. La escuela reprodujo jerarquías coloniales; la religión —en lugar de liberar— enseñó a soportar; y los cuentos, lejos de formar ética, normalizaron el engaño como estrategia legítima de ascenso. Se enseñó a sobrevivir individualmente, no a construir juntos.
A esta fragilidad estructural se sumaron narrativas escapistas: cuentos de hadas, relatos románticos importados, revistas de corazones que prometían redención por amor, milagro o suerte. Historias que adormecen el pensamiento y reemplazan la acción por la espera. No forman ciudadanos: forman espectadores. No despiertan conciencias: las anestesian.
Así se producen sujetos socialmente inmóviles, intelectualmente desarmados, emocionalmente dependientes de fuerzas externas. No por incapacidad natural, sino por una pedagogía constante de la renuncia. Una pedagogía que enseña que pensar cansa, que cuestionar es peligroso y que la trampa es más rentable que la ética.
Bouki nunca fue el problema de Haití
El problema fue convertir a Bouki en objeto de burla y a Ti Malice en modelo social.
Un país no se levanta cuando aprende a engañarse a sí mismo. Haití necesita releer sus mitos, desmontar sus falsas heroicidades y reconciliarse con los valores que alguna vez lo hicieron invencible: la dignidad, la solidaridad, el trabajo colectivo y la conciencia crítica.
Defender los derechos humanos no es solo denunciar violencias visibles. Es también denunciar las narrativas que mutilan la inteligencia de un pueblo. Haití no necesita más Malices admirados. Necesita devolverle la palabra, la dignidad y el lugar histórico a sus Boukis.
Porque un pueblo que aprende a despreciarse, termina por desaparecer.


