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    República Dominicana: Entre el olvido y la reescritura de la historia

    Por Midson Jean Batard
    El pasado es un territorio que no se puede cercar. Sin embargo, del otro lado de la frontera, se trabaja afanosamente para erigir muros de silencio y verter el cemento de la amnesia. Se intenta desesperadamente reinventar un relato en el que la Hispaniola oriental habría nacido por milagro, sin la sombra protectora y revolucionaria del Oeste.
    Es tiempo de rasgar el velo. La historia, la verdadera, la que aún gritan los archivos de Núñez de Cáceres, nos cuenta una epopeya muy distinta. Cuando el mundo temblaba ante las coronas europeas, Toussaint Louverture, el precursor, no se conformó con liberar la parte francesa. Envió a su propio hermano, Paul Louverture, a llevar el aliento de la emancipación a los esclavizados de la parte española. Paul pagó allí el precio de la sangre, abatido por las balas del general Ferrand. Esa sangre, derramada por la libertad del Este, ya no figura en los manuales escolares de la Republica Dominicana. ¿Por qué?
    La ironía alcanza su paroxismo con el episodio de Jean-Pierre Boyer. Hoy presentado como un invasor, fue, sin embargo, el último recurso de dominicanos abandonados a su suerte, ignorados por una Gran Colombia demasiado lejana como para preocuparse por ellos. Boyer no llegó con cadenas, sino con un hacha para romper las que aún quedaban. En la zona de El Conde plantó un árbol: símbolo vivo de una libertad compartida.
    Pero la sombra de ese árbol incomodaba a los nostálgicos de la casta. El dictador Trujillo, en su delirio de blanqueamiento histórico, cometió lo irreparable: derribó el árbol de Boyer para sustituirlo por una estatua de Cristóbal Colón. ¡Qué confesión de debilidad! Preferir la efigie del primer colonizador al símbolo de la liberación negra es elegir, simbólicamente, volver a colocar al esclavo a los pies de su verdugo.
    Hoy, el gobierno dominicano juega la carta de la indignación selectiva. Olvida que, sin el sacrificio haitiano, sin ese foco de resistencia único en el mundo, el propio concepto de libertad en América Latina no sería más que una quimera. Haití atraviesa una tempestad, es un hecho. Pero que nuestros vecinos no se equivoquen: no se puede borrar el sol con un cedazo, ni se puede borrar la deuda moral de un continente con el pueblo que inventó la libertad universal.
    La República Dominicana podrá reescribir sus libros, pero nunca podrá cambiar la tinta de su pasado: es fruto de una tierra salvada por aquellos a quienes hoy desprecia.

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