Cultura

La burbuja del “salvaje oeste”

En Hulett, pueblo de Wyoming que todavía preserva el pasado, los vecinos expresan el orgullo de ser conservadores

Por Francesc Peirón

Hulett (Wyoming), La Vanguardia.- Llegar a Hulett, en Wyoming, es lo más parecido a dar marcha atrás en el tiempo.

“Es como vivir hace cien años, como echar una mirada al pasado, porque Hulett ha cambiado poco”, confiesa Bob Coronato.

“Prefiero que me llamen conservadora a radical, que han perdido el sentido de la realidad”, dice Bobbi

Este artista, nacido en Nueva Jersey que estudió en California, descubrió hace 26 años este lugar, que cuenta con 383 habitantes. Pasa seis meses al calor del área de Phoenix (Arizona) y los otros seis aquí, donde tiene su estudio y tienda de antigüedades.

En este paraje entre montañas encontró la autenticidad para ­dibujar sus retratos y escenas de cowboys y nativos americanos. “Tuve un shock cultural”, señala.

“Cuando era joven, había muchos que utilizaban el tema del oeste para sus obras y veías que eran montajes, que no les inte­resaba la realidad. Yo era riguroso con los detalles, no quería ­cosas incorrectas y para no equivocarme buscaba experiencias de primera mano”, explica.

“Hago una labor casi de documentalista”, añade. Asegura que ha disfrutado de ver cómo los rancheros a caballo trasladaban a sus reses para marcarlas a fuego. Esto prácticamente ha desaparecido. Transportar los animales en camionetas y emplear planchas eléctricas para imprimirles la identificación les resulta más fácil y rápido. Asegura que sólo un puñado persevera en la tradición.

–Vivir como hace cien años…

–Sí, es más fácil. No has de enfrentarte a algunas de las complicaciones de la sociedad moderna, todo es más práctico. En un pueblo tan pequeño no eres anónimo.

La quinta etapa del viaje por la América rural supone otra tirada de 550 kilómetros, a partir de Gurley, en Nebraska.

Circulando hacia el noreste de Wyoming, el paisaje va cambiando, pierde perspectiva y gana altura, en ruta hacia el territorio de las Black Hills. Vacas y ciervos.

El tramo final a Hulett lo pre­side la Devils Tower (Torre del Diablo), creación de la naturaleza en forma cilíndrica, primer monumento nacional de Estados Unidos (1906), escenario de películas y atracción turística.

Esa roca, la pesca y la caza propiciaron la construcción de un hotel. Un edificio moderno que desentona con la rusticidad ambiental. Dos épocas frente a frente. Porque en la calle principal, si uno elimina el asfalto y el cartel de “Trump 2020” de la fachada del viejo motel y las carretas sustituyen a los coches, la estampa recuerda el aura de los pioneros, de finales del siglo XIX.

“Esto aún es el salvaje oeste”, bromea JR Butler, el taxider­mista, frase que despierta risas entre la concurrencia. Pronto por la mañana en su establecimiento, toman café JR, su esposa Bobbi, su suegra Terri Johnson y dos clientes, Ben Pravecek y su hijo Paxton, un niño. No hay prisa.

Su broma es fruto de evaluar, desde el punto de vista urbanita, lo poco cool (atractivo) de su trabajo. “Nos funciona. No vienen detractores a decirnos ‘¡oh matáis animales!’ y todo eso”, recalca. “No tenemos esas diferencias y confrontaciones de una gran ciudad. Nunca nos haremos ricos haciendo esto. Creo en el sueño americano, sí, pero has de trabajar, no queremos que nos lo den”.

Tercia Bobbi: “No vivimos con extravagancias. Somos conser­vadores. Prefiero que me llamen conservadora a radical, que han perdido el sentido de la realidad y de sus raíces”.

Afuera, en la parte trasera, cuelga un alce, despellejado y descabezado. Lo cazaron ayer Ben y su hijo, el estreno del niño en la materia y eso hay que convertirlo en recuerdo.

“Esto no es matar por matar”, aclara JR. “Esto son 225 kilos de comida para la familia”. En el interior se oye a la señora Johnson. “Los de las zonas urbanas no tienen ni idea de dónde viene la ­leche, creen que del supermer­cado”. Según Bobbi, “hay gente que piensa que seguimos en ca­bañas de madera y que vamos a caballo por la calle. Y, a su vez, entre hormigón y aceras, olvidan que existen lugares como este”.

JR expone “la doble moral” de California, “uno de los sitios con el aire de peor calidad, aunque se opone a las minas de carbón porque contaminan”. Sostiene que lo del cambio climático sucede desde los dinosaurios. “Discuti­remos de esto siempre, así que apreciamos que nos dejen en nuestra burbuja”. El carbón es clave en este estado. “Trump nos ha ayudado, entiende de la vida rural y de las minas, muy dañadas por las protecciones ambientales de Obama”, concluye Bobbi.

A esta hora, Katie, dueña de la ferretería, ya ha levantado la persiana del negocio. “Simplicidad, sentido común y buena vecindad”, son los términos con los que define la existencia en Hulett. “Tenemos más antílopes que ­personas”, ironiza. Wyoming es el estado menos poblado, con 572.000 residentes.

Sin embargo, ostenta dos senadores, número igual para todos. Además, el sistema de colegio electoral o elección indirecta, en el que no gana el candidato más votado sino que se decide por esos electores o representantes en cada estado, les favorece. Un voto de Wyoming vale cinco veces más que uno de California, el estado más denso (40 millones).

Katie defiende el sistema, al que se aferran los republicanos. “Da voz a estados como el nuestro. Ha funcionado durante casi 300 años”, remarca. Frente a la queja por la tiranía de la minoría, responde: “Los estados más densos no comprenden el papel esencial que tenemos. No tendrían petróleo y carbón, no tendrían los alimentos de nuestra plantas de carne, de nuestras granjas”.

Cree en el presidente Trump con fervor. “Es dinámico, cumple lo que promete, es audaz, una voz poderosa en un país que necesita un liderazgo fuerte”.

Madre de tres hijos y marido veterano del ejército, no se aburre en el pueblo. Es otra forma de diversión. Las barbacoas, los actos en torno a la iglesia o el colegio, los rodeos.

Rumbo a Dakota del Sur, la carretera está cortada. Cuatro cowboys trasladan unas vacas como si fuera una pintura de Coronato.

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